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SER AUTÉNTICOS (Mt. 6, 1-6. 16-18)

El punto de reflexión que el evangelio de hoy nos ofrece gira en torno al comportamiento que el hombre en general, y el cristiano especialmente, deben seguir. Cristo nos pide algo sencillo: hagamos el bien, pero que no sea por presunción. Cualquier acto bueno, sin dejar en sí de ser bueno, produce en el agente efectos negativos si la intención del mismo es hacerse notar en la comunidad. Dios enaltece a los humildes y rebaja a los soberbios.

El Maestro nos invita a realizar el bien de una forma discreta, sin que la mano derecha sepa lo que hace la izquierda. Se trata obviamente de una metáfora, pero muy afortunada. Todos los seres humanos tenemos, al menos, un punto de vanidad y puede que nos guste ser conocidos, admirados, incluso imitados por nuestro entorno social o religioso. De ahí la necesidad de reflexionar un poco sobre el “ser auténtico” al que Cristo nos llama.

Auténtico es sinónimo de verdadero, opuesto completamente a lo falso o aparente. El que obra por vanidad o por notoriedad, principalmente, no es una persona auténtica, porque busca algo distinto a lo que dice o hace. La persona auténtica no busca ser elogiada, aplaudida y, menos todavía, compensada. Trata de discernir lo recto, lo prudente en cada situación, y, al margen de posibles ingratitudes, malas caras y manifiestas reprobaciones, obra en consecuencia. En su actuación prevalecen la transparencia, la lealtad y la verdad.

En la vida cristiana se debe manifestar la fe desde la caridad; tal es la condición indispensable para ser testigo del Evangelio de Jesús y del Reino de Dios. Un corazón convertido al Señor es la fuente donde brota el significado y el valor de la conducta. Solamente así será ésta una expresión válida de la auténtica religión que da culto a Dios en espíritu y en verdad.

La savia del tronco no se percibe desde el exterior, pero es lo que da vida a la planta y crecimiento al árbol. La semilla del reino actúa calladamente y, con frecuencia, a partir de comienzos insignificantes, pero su eficacia se evidencia en su expansión, capaz de transformar las estructuras y el corazón de los humanos.

En este tiempo hemos de dirigir la mirada en nuestras posibilidades de fe y compromiso por Dios, que nos alienta al servicio de la caridad. La pandemia ha generado pobreza, desempleo, muerte, soledad, una crisis económica de grandes dimensiones, entre otras cosas. Por eso, nuestra presencia y nuestras maneras de nombrar a Dios serán desde la solidaridad y la alegría del compartir. Adoradores en espíritu y en verdad, es decir, cumplidores incondicionales de su voluntad, servidores alegres de su plan de salvación, “auténticos cristianos”.

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