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SEÑOR, LO HEMOS DEJADO TODO (Mt. 19, 23-30)

La cita evangélica de este día tiene lugar inmediatamente después de que Jesús recibiera el rechazo de aquel joven rico para seguirlo. Aprovecha la situación para darnos una lección sobre el gran peligro que encierran las riquezas de este mundo para alcanzar la vida eterna. Me atrevo a asegurar que todos los seres humanos somos plenamente conscientes que al final de nuestra vida nada nos vamos a llevar, aun así, para muchos hombres el renunciar a ellas es una conquista que se vuelve prácticamente imposible.

¿Dónde se encuentra el problema cuando hablamos de las riquezas de este mundo? La riqueza en sí misma no es mala, malo puede ser su origen si fue adquirida injustamente; malo su destino, si solo se utiliza de manera egoísta sin tomar en cuenta a los más desfavorecidos.

Ahora bien, no solo hablamos aquí de bienes materiales. Existen muchas situaciones que vamos atesorando en nuestro corazón: odios, recelos, egoísmos, envidias, mentiras, omisiones, etc. Hay muchos pecados con los cuales muchas veces nos relacionamos tanto que casi se vuelven imperceptibles a la vista de la conciencia. Es ahí donde este evangelio quiere ser una luz para nuestra vida. Hoy, es necesario que aprendamos a sacar esas riquezas de nuestra vida y aprendamos a colocar a Jesús en el centro de nuestro corazón.

La recompensa por no acumular esas riquezas, por haber dejado muchas cosas que hace el mundo y hacer otras que hace Jesús, es la vida con Dios, la perfección, la riqueza eterna. La perfección es para todos y está al alcance de cada uno de nosotros porque se alcanza por el corazón. El corazón es perfecto cuando ama y se deja amar. Solo el amor puede permitir una decisión tan radical, como la del mercader que encuentra una perla o de aquel que encuentra un tesoro escondido en un campo y rebosante de alegría vende todo lo que tiene para comprar aquel campo.

Anímate a dejar todas esas riquezas del mundo que solo hacen más pobre tu corazón; Recuerda que la recompensa se da al ciento por uno, y que tu herencia puede ser eterna. Que maravilloso será que podamos decir junto con el apóstol Pedro: Señor, nosotros lo hemos dejado todo, te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?

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