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SALIÓ EL SEMBRADOR A SEMBRAR (Mt. 13, 18-23).

Las parábolas del evangelio, pertenecen a un género literario de la Biblia, que se llama didáctico, porque su intención y finalidad es enseñar una verdad religiosa. Las parábolas en labios del mismo Jesús son comparaciones destinadas a ilustrar una idea o enseñanza, en concreto sobre el reino.

Las parábolas contienen “los secretos del Reino de Dios”, según la respuesta de Cristo a sus discípulos que le preguntan: ¿por qué hablas a la gente en parábolas? Y Él les contesta: a ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos, es decir, de Dios, cuyo nombre no pronuncia Mateo por respeto, según la tradición judía.

Me parece que no hace falta explicar la parábola del sembrador puesto que el mismo texto evangélico interpreta magníficamente el significado de las cuatro clases de terreno en que cae la semilla. Pero si veo necesario resaltar la esencia o centro de dicha parábola: Salió el sembrador a sembrar.

Si nosotros centramos la atención en el propio corazón de cada uno, seguro descubrimos que cada persona tiene una responsabilidad en cuanto a la forma de recibir el evangelio, pero no tiene un evangelio propiamente, no tiene una buena noticia. Por el contrario, cuando centramos nuestra atención en la figura del sembrador que sale a sembrar, es ahí donde encontramos la buena noticia. Sí, la gran noticia es que salió el sembrador, la semilla no se ha quedado encerrada en los graneros del cielo, sino que se esparce por todos los rincones de la tierra. Nuestra tierra ya no será estéril de acuerdo con lo escuchado del profeta Isaías: la palabra de Dios hará lo que Dios le mande, y así como no vuelve la lluvia al cielo, sino después de haber fecundado la tierra y hacerla germinar, así es la palabra de Dios que ha salido de Él, no retorna a Él sin su cosecha.

La tierra entera, que ha recibido ese aguacero de la gracia, está esperando que esa semilla termine de germinar y obtenga esa maravillosa cosecha de los hijos de Dios. Éste es, en palabras del apóstol Pablo, el parto que la creación aguarda, espera que, por fin, surja la cosecha de los hijos de Dios para la gloria del Padre.

Esta palabra (semilla) se sigue esparciendo por todo el mundo, se sigue haciendo presente la acción del sembrador. Sale el sembrador a sembrar cada vez que el espíritu de Dios infunde en nosotros esa certeza, esa luz de conversión; cada vez que nuestros corazones, movidos por ese Espíritu, se abren a su obra. Se trata pues de una de las parábolas más optimistas de la Sagrada Escritura porque, aunque parezca que se pierde la predicación, aunque aparentemente al amor nadie le recibe, aunque parezca inútil tratar de ser bueno, el sembrador ha salido a sembrar, y todo aquello que Dios sembró en la historia, en mí historia, dará una abundante cosecha. ¡Gracias Dios por la oferta salvadora de tu Reino en Cristo!

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