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SABER ESPERAR (Lc. 13, 18-21)

Un mensaje de esperanza y optimismo es lo que encierran las dos parábolas que nos encontramos en el evangelio de hoy. Aunque tengamos sobrados motivos para la preocupación, aunque parezca que el mundo va a la deriva, en su entraña hay una fuerza capaz de transformar la humanidad y las relaciones entre los hombres. Es la diminuta simiente y el fermento del reino de Dios. Esa semilla y ese fermento son Cristo resucitado que, en su misterio pascual de muerte y resurrección, como el grano que muere en el surco para germinar la espiga, transforma desde dentro el curso de la historia humana.

Puesto que el reinado de Dios está actuando ya aquí, en el mundo, a pesar de los contratiempos y fracasos, no intentemos evadirnos de la realidad, por mezquina y pobre que sea. Es frecuente la impaciencia por los frutos visibles y palpables, dada nuestra afición al éxito rápido y espectacular, a la eficacia productiva, a la estadística y al tanto por ciento. Impaciencia que aplicamos a todos los sectores de la vida, tanto eclesial y pastoral como familiar y educacional, lo mismo a los medios de difusión al servicio del Evangelio que a las obras sociales.

Saber esperar es el secreto. A veces nos preguntamos: Después de tantos años de cumplimiento religioso, ejercicios espirituales y lectura bíblica, meditación personal y oración comunitaria, e incluso de predicación, ¿para qué han servido tantos esfuerzos si todo sigue o parece seguir igual? Quisiéramos ver crecer rápidamente en nosotros mismos y en los demás un cristianismo maduro y cargado de frutos. Pero, frente al agobio de los problemas diarios, siempre en aumento, el crecimiento del reino y del bien es tan lento que no lo vemos; por eso, a veces, no entendemos cómo puede ser verdadero.

De ahí al desaliento no hay más que un paso. Así cedemos a la desesperanza, creyendo que estamos perdiendo el tiempo y el esfuerzo. Sin embargo, la semilla de Dios tiene un dinamismo incontenible, aunque silencioso; fructificará con toda seguridad. No le apliquemos nuestros criterios de eficacia inmediata, casi violenta, porque esos no son los criterios de Dios para la perenne virtualidad de su reinado.

Sin ánimo evasivo ahondemos en la oración y contemplación, en la admiración y el gozo del Espíritu, para captar la gratuidad y profundidad de Dios, para dar valor a las cosas pequeñas, al detalle acogedor, a la suave sonrisa, a los gestos sencillos y fraternales, pero auténticos, como la pequeña simiente del reino de Dios y la insignificante porción de levadura en la masa. Concédenos, Señor, abrirnos a la gratuidad de tu amor, conocer tus secretos, mantenernos en la esperanza activa y saber esperar el día de tu manifestación gloriosa. Amén.

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