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RECONSTRUYE MI IGLESIA (Lc. 10,25-37)

El día de hoy la liturgia nos recuerda la figura de san Francisco de Asís, un gran santo que pone de manifiesto la virtud de la humildad, una virtud que corona a las demás virtudes y las eleva al grado máximo, no porque las demás carezcan de esa grandeza, sino porque la humildad les adorna como piedra preciosa.

La persona de san Francisco nos pone el ejemplo de una verdadera conversión, y nos muestra el amor tan grande que Dios nos tiene, cada signo de su vida, desde su época de fiesta, hasta su encuentro con el Señor y el deseo de hacer vida el Evangelio, son un claro ejemplo de como la vida del hombre, cuando es tocada por la gracia divina, se transforma y se eleva por esta misma gracia, hasta la presencia de Dios.

El evangelio que se nos propone el día de hoy sienta sus bases en el mandamiento principal de la fe judía y de la nuestra también, amar a Dios sobre todas las cosas, pero antes que todo el enunciado, debemos subrayar el amar; amar, significa donar la propia vida, desgastarla en buscar el bienestar del otro, amar no es buscar una correspondencia de parte del otro, sino dar al otro el tiempo y la atención que quisiéramos tener para nosotros.

Amar no es buscar, amar es escuchar, a Dios y a los demás, es dejarnos inundar por la presencia de Dios, es hacerlo presente en medio del mundo; amar es liberar, de nosotros mismos, de todo aquello que nos va diluyendo poco a poco como personas; amar es consolar, es hacernos hermanos del que sufre, es hermanarnos en la necesidad del que como yo es hijo de Dios y tiene un valor inestimable.

Amar, por tanto, debe ser la actitud distintiva del que como Cristo decide donar su vida por sus amigos, por eso Jesús en el evangelio nos deja la parábola del buen samaritano, para recordarnos que tenemos una responsabilidad social con aquellos que están más desprotegidos que nosotros, tenemos una responsabilidad en el cuidado de los que son vulnerables, de los que pasan hambre, de los que viven angustiados, de los que a pesar de sus esfuerzos no logran ver el rostro de la justicia.

Nos invita a compadecer, una actitud que me hace poder tomar el sufrimiento y la carga de otros y hacerla mía, que nos hace reconocer en el otro a un prójimo el cual estoy invitado a recibir, escuchar y amar, un prójimo que no me es ajeno, un prójimo que es imagen de Dios, un prójimo que está dispuesto a ser mi oportunidad de santificación, un prójimo en el que yo veo el rostro de Jesús, y para quien yo soy un reflejo del consuelo divino.

Abramos nuestra vida al Señor, y dejemos que él nos conduzca para poder manifestar en nuestras vidas la humildad y la sencillez de vida que le inspiro a san Francisco, y que resplandezca en nosotros la luz santísima, y quien nos vea, distinga en nosotros el rostro de Dios.

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