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¿QUIÉN SOY YO PARA QUE LA MADRE DE MI SEÑOR VENGA A VERME? (Lc. 1, 39-56)

Nuestro día se engalana por la fiesta de la Visitación de la Virgen María a su prima Isabel. El saludo de ambas mujeres se enmarca en el misterio del encuentro entre sus hijos: Cristo el Mesías con su predecesor Juan Bautista. Del suceso brota un hermoso cántico de los labios de María. Queriendo culminar de buena manera este mes mariano tenemos la dicha de centrarnos en este maravilloso evento.

Hablar de la cultura del encuentro no es algo reciente, sino una exigencia del cristianismo que hemos dejado de lado, por eso el papa Francisco nos sigue motivando a salir de nuestras comodidades para relacionarnos con el otro. Siendo realistas, nuestra Madre, una vez que se entera de estar encinta, tuvo que comenzar a guardar reposo mientras que sus más allegados le ayudaban en lo necesario. Pero María no escatimó en correr al encuentro de su prima Isabel. Así como ella, es necesario dejar muchas comodidades, poner en juego la vida para ser una bendición en la vida de los demás. Y es que siempre tendremos mil y una razones para quedarnos sentados con una vida pasiva. Sin embargo, el encuentro que hoy necesitamos no requiere caminar grandes distancias, solo necesitamos apagar el celular unos minutos, levantar la mirada, preguntar “¿Cómo estás?”, o escuchar de manera atenta y sin prisas, entre muchos otros gestos. Por último, al hablar sobre el encuentro, te pido que seas consciente del mensaje que quieres llevar a la otra persona, busquemos transmitir algo de parte de Dios o al menos evitemos cosas negativas que destruyen, como el ocio, los chismes y el pesimismo.

El segundo punto que me gustaría meditar es la confianza en María. No hay madre indiferente a lo que sucede a sus hijos. Seguramente la mayoría hemos atravesado momentos de crisis, dudas, problemas y desierto espiritual o en nuestra relación con Dios, pero tengamos presente que aun cuando Dios parezca enmudecido, la Virgen María siempre tiene respuestas, ella no se queda callada. Acudamos a ella con toda confianza, porque gracias a diferentes advocaciones (maneras de nombrarle a la misma Madre de Dios) ella siempre trata de acercarse a nosotros desde una realidad concreta.

Que de María aprendamos a vivir desbordados para los demás y que, dejando el egoísmo, nos dediquemos a llevar a Dios hacia quienes nos rodean.  ¡No dejemos de proclamar la grandeza del Señor!

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