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¿QUIÉN ES EL MÁS IMPORTANTE? (Mt. 18, 1-5. 10. 12-14)

El evangelio nos presenta la escala de valores de Jesús en contraste con la de la sociedad e incluso la que dominaba a sus discípulos. El Señor es sumamente expresivo colocando a un niño en el centro, en el corazón de la comunidad. Es la actitud de Jesús, una actitud de servicio que quiere para los suyos porque sabe que, sólo así, pueden ser felices en plenitud, sólo así es posible experimentar el amor de Dios. Hay que cambiar y convertirnos para ver con los ojos de Dios desde su corazón de Padre.

Hacerse como un niño no es ninguna ingenuidad, sino la expresión más perfecta de las bienaventuranzas. Es un compromiso de vida al que nos llama Jesús y que nos aleja de los esquemas que dominan la sociedad de consumo, donde tantas veces el hombre es sólo un instrumento y no un valor por sí mismo. Ser como un niño es una tarea ardua, pero que merece la pena porque implica enunciar a la soberbia, a la autosuficiencia, reconocer que nosotros solos, nada podemos. Ser pequeños exige creer como creen los niños, pedir como piden los niños. Su amor es siempre joven porque olvida con facilidad las experiencias negativas: no las almacena en su alma, como hace quien tiene alma de adulto. El niño es un ser débil y humilde que no posee nada ni tiene nada que decir en la comunidad de los adultos. El niño, como el pobre, sólo puede recibir con alegría lo que se le ofrece, porque depende totalmente de los demás.

Esa es la situación del hombre ante Dios y, consecuentemente, la actitud que Jesús quiere de sus discípulos: receptividad, sencillez y humildad. Necesitamos una conversión a la receptividad y al servicio, optar por la humildad y el servicio que Jesús tanto predica y vive.

El espíritu evangélico de infancia espiritual es una actitud interior de dependencia y confianza en Dios; pero para que sea completa hay que añadir gestos concretos de servicio a los más humildes, como hizo Jesús, el pobre de Dios, el más pequeño, el último y el servidor de todos.

La parábola de la oveja perdida ejemplifica esta actitud. Todos somos importantes en la comunidad de Jesús, pero especialmente los más pequeños, los que se sienten perdidos en una sociedad que los desprecia y arrincona. Hay que ir a buscarlos allí donde se encuentren. En medio de la soledad, de la pobreza. Donde el hombre es descartado porque no «encaja» en los parámetros de valores sociales. El problema es que muchas veces los encontramos en nuestra propia Iglesia.

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