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¿QUÉ VA A SER ESTE NIÑO? (Lc. I, 57-66. 80)

Lo de sentirse “elegidos y elegidas” tiene al menos un peligro y al tiempo más de una consecuencia positiva para cada uno y cada una de nosotras. El peligro: no ser consciente de que la elección es para anunciar el Evangelio de un Dios Padre y Madre compasivos; para los otros y otras que nos rodean, todos, sin excepción, para el servicio y, para siempre. La elección nunca es un fin en sí misma, ni una posesión en las manos del escogido(a).

Entre las consecuencias positivas queremos destacar la siguiente. Cuando una persona sabe que su nacimiento tiene sentido en el programa de Dios, que es fruto de una elección anterior a los siglos y que su función en esta historia es ir descubriendo poco a poco esa misión a la que ha sido convocada, es capaz de experimentar una inmensa y profunda confianza para afrontar todo lo que está por venir.

Las lecturas donde la liturgia conmemora el nacimiento de Juan el Bautista, reflejan muy bien estos aspectos. Juan es un elegido, un llamado, para ser el precursor, el anunciador, el que va por delante indicando. Pero tiene claro que no es más que una pequeña lucecita que anuncia la llegada de alguien mayor que él. Con el paso del tiempo, o más bien, de las hojas del Evangelio, veremos a un hombre que es consciente de la responsabilidad que tiene el que su vida sea “un dedo anunciador” de aquel que llega detrás y que viene para dar vida, para transmitir esperanza, para transformar corazones, para hablarnos del reinado del Compasivo y Misericordioso.

Esa es también nuestra misión en esta tierra. Porque: “es a ustedes a quienes se dirige ese mensaje de salvación”, nos dice Pablo. Y de ahí que tengamos que asumir, como Juan, con temor y temblor esa responsabilidad de acoger el mensaje de salvación que nos han transmitido, que hemos recibido desde antes de nuestro nacimiento y ser, para otros, transmisores, generadores de vida.

A costa de parecer reiterativos, esta comunidad no abandona su compromiso comunitario de destacar la imagen de la mujer que se muestra hoy en la lectura del Evangelio. Isabel, una mujer que “nos cae simpática”, se da cuenta desde el principio que, tanto su hijo como el que crece en el vientre de su prima, están llamados a ser alguien, a cambiar el rumbo de la historia. Isabel lo sabe porque hasta el nacimiento de Juan ha sido una muestra de “la misericordia” del Señor con ella. Y alguien que trae tanta alegría desde su concepción a una familia y a los que la rodean tiene que ser “alguien”. Isabel es también una mujer que se muestra fuerte y contundente hasta en la elección del nombre de su futuro hijo, en una sociedad en la que todo lo dicho por una mujer debe ser corroborado después por el hombre.

También “la madre” del precursor nos trae hoy algunas cosas prácticas a nuestra vida: reconocer la presencia del Dios compasivo y misericordioso en ella y en la de los que nos rodean; vivir la alegría del Evangelio, de la buena noticia, mucho más que las dificultades; descubrir la fortaleza y la esperanza de tantas mujeres y hombres que sufren a nuestro alrededor; ser para ellos y ellas, al fin, verdaderos juanes e isabeles que anuncien, sin querer llevarse los méritos, al que nos trae de verdad la liberación.

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