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¿QUÉ QUIERES DE NOSOTROS, HIJO DE DIOS? (Mt. 8, 28-34)

La escena del evangelio de hoy nos presenta a dos endemoniados saliendo al encuentro de Jesús. En la cultura judía estar endemoniado significa estar poseído por una realidad poderosa y diabólica, una realidad que destruye a la persona. Los dos endemoniados de nuestro relato salen al encuentro de Jesús desde el cementerio, es decir, un lugar de muerte y por tanto excluido de la vida. Según muchos exegetas actuales, esta situación tendría que ver más con algún tipo de enfermedad relacionada con alguna situación de conflicto interno de la persona, pero esto no era así en la cultura de entonces. En cualquier caso, nos encontramos a dos personas que están rotas, víctimas de un mal que ha destruido su identidad y ante el que se sienten impotentes.

¡Cuántas personas encontramos hoy en nuestro alrededor de las que nos impresiona el deterioro que tienen! Seguramente nos hemos preguntado cómo han llegado a esa situación, qué es lo que han podido vivir, sufrir; quizás tiene que ver con experiencias afectivas, pero también con problemas sociales. Un mundo que nuestra sociedad quisiera “barrer” de nuestras calles, esconder y que muchas veces nosotros mismos tratamos de evitar.

Jesús no evita el contacto con estos hombres, al contrario, se acerca a ellos. La reacción de estos, sin embargo, es de recelo, incluso de agresividad. Acostumbrados a la marginación y al rechazo ¿Qué podían esperar de alguien que pasa a su lado? Sin embargo, al mismo tiempo, son capaces de reconocer en Jesús la presencia de Dios y por tanto de vislumbrar una esperanza de salvación para sus vidas en aquel hombre que tienen delante.

Y Jesús actúa y lo hace con la fuerza de su palabra. No sólo expulsa “los demonios”, sino que los destruye y este gesto se convierte en signo de ese reino que está irrumpiendo: es el amor de Dios el que sana y el que libera de forma definitiva frente a cualquier tipo de opresión; el mismo amor que restaura la identidad profunda de hijos, el que nos reintegra al espacio de la vida.

Muy queridos hermanos míos, por la gracia de Dios iniciamos un nuevo mes, sí, por la gracia de Dios seguimos aquí, viviendo. Sé que durante estos meses de aislamiento las cosas no han sido nada sencillas, las jornadas laborales suelen ser agotadoras y a veces hasta con una mayor demanda que de ordinario. Quiero invitarles, al término de tu café con Dios, a considerar dos actitudes: la de Jesús, luchando contra el mal allí donde se encuentre, y sin desfallecer nunca en el empeño; y la de los gerasenos, que no sólo desaprovechan la presencia, siempre liberadora de Jesús, entre ellos, sino que, en su torpeza y desacierto, le piden que se vaya. No les interesa. Prefieren la esclavitud con cerdos y endemoniados, a la liberación, tranquilidad y armonía de Jesús. ¡A vivir en esa actitud de Cristo! Dios les bendiga.

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