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QUE NUESTRO AMOR SE EXTIENDA A TODOS (Hb. 12, 4-7. 11-15)

El pasaje de la Carta a los hebreos que se proclama en la liturgia del día de hoy, señala cinco puntos que conviene resaltar:

El primero: Todavía nos han llegado ustedes a derramar su sangre en la lucha contra el pecado. ¿Cómo entender esto que se nos dice? Recordemos que estamos en un camino, proceso de conversión. Ese proceso termina cuando somos llamados por Dios a su presencia, terminado nuestro camino terrenal. Por eso, mientras es tiempo, hay que colaborar con Dios en la obra de la propia santificación. Tomarnos en serio la vida conforme al Espíritu, con todas las consecuencias.

El segundo: Se han olvidado de la exhortación que Dios les dirigió. El autor sagrado apela a la experiencia personal: toda corrección es molesta, pero luego, cuando surte su efecto positivo, hay paz interior y agradecimiento. De ahí que es prudente no olvidar. Porque Dios nos ama, nos corrige y esta corrección está marcada por el mucho amor que Él nos tiene. No se produce la respuesta con base al temor, sino seducidos por el amor.

En tercer lugar: Robustezcan sus manos cansadas y sus rodillas vacilantes; caminen por un camino plano. Tres imperativos que no pueden dejarse de lado. Frente a la debilidad, fortaleza; ante la vacilación, robustecer/sostener; caminar con el otro por una senda llana. Una convivencia fundada en el amor que procede de Dios.

En cuarto lugar: Esfuércense por estar en paz con todos y por aquella santificación. La paz y la santidad se derivan del amor que sostiene todo el esfuerzo por hacer realidad ambas en la existencia humana. No se puede entender la una sin la otra.

Y, en quinto lugar: Velen para que nadie se vea privado de la gracia de Dios. Una mirada universal, como la de Dios. Una determinación universal: que todos experimenten la Gracia. Todo tendrá como consecuencia la constancia en la lucha contra el mal. No dejarse seducir por el Maligno.

En tiempos difíciles es necesario mantener la fortaleza sin que la debilidad o el desánimo minen al creyente. Quien pone el punto de mira en Dios sabe que Él es su paz, como fuerza en el camino. El creyente aprende así la mejor lección de la vida: vivir es acreditar, paso a paso, que somos portadores de paz y salvación, resistiendo al desánimo que pudiera aportarnos la dificultad de la prueba del día a día y leyendo cada momento de nuestro camino, además, como un detalle del proyecto salvador de Dios Padre sobre nosotros. Que como Padre solo quiere lo mejor para nosotros, sus hijos.

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