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POR LA MUERTE EN CRUZ, A LA VIDA CON CRISTO (Mt. 16, 24-28)

Ha existido, en la historia de la humanidad, la práctica de una ascesis autopunitiva, que claramente no son patrocinadas por Jesús, y una ascesis liberadora que es la que Cristo nos propone. El dolor por el dolor no tiene ningún sentido; es un mal y, como tal, para nada agrada a Dios porque no es cruel. Lo mismo que Dios no se complació en el sufrimiento de su Hijo, sino en amor y obediencia por la salvación del hombre, tampoco se regodea en nuestro penar. Porque Dios no ama el dolor y la muerte, sino la vida de sus hijos y de todos los seres.

Jesús nunca sugirió ni mandó algo que Él mismo no cumpliera primero. Él nos precedió con su ejemplo, practicando siempre lo que le pide al cristiano de siempre; por eso es el modelo a seguir. Cristo fue el primero en hacer la opción radical por el reino de Dios, plasmada en su desprendimiento y pobreza total, en su amor a todos, especialmente al más pobre, y en su talante de perdón y reconciliación.

Él se nos adelantó en la entrega de la vida para ganarla. Si Jesús nos pide autenticidad sin claudicaciones ente la incomprensión, la soledad, la animadversión, la persecución y la muerte, Él fue adelante con su sí y su incondicional lealtad a Dios, su Padre. De ahí, el atractivo irresistible de su persona que fundamenta el seguimiento cristiano.

Ningún maestro de espíritu ni fundador de religión planteó con tal radicalidad su propio seguimiento mediante la autonegación como condición de vida. Por eso la cruz salvadora es elemento exclusivo del cristianismo, del estilo y doctrina de Jesús. Si Él promete la vida a quien la entregue por su causa, es porque efectivamente puede hacerlo con la garantía de su vida nueva y gloriosa, a la que tuvo acceso por su pasión y muerte en la cruz.

La pasión de Cristo y su seguimiento son siempre de plena actualidad en el dolor de la humanidad sufriente y en los seres excomulgados de la vida y víctimas del odio, la explotación y la violencia, la enfermedad y la muerte. Participando de los sentimientos de solidaridad, servicio, disponibilidad y entrega absoluta de Cristo, seremos también partícipes de su glorificación. Caminando a su lado, nuestra suerte final será la condición gloriosa de Jesús; pero este segundo paso supone dar el primero.

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