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PÓNGANSE A SALVO DE ESTE MUNDO CORROMPIDO (Hch. 2, 14. 36-41)

Tal parece que no somos tan desentendidos de la invitación que en su momento San Pedro, lleno del Espíritu Santo, dirigía al pueblo después de la resurrección de Cristo. Y es que basta echar un vistazo a nuestra vida para descubrir que, tal vez de manera inconsciente, buscamos estar muy atentos a todas las circunstancias de peligro a las que estamos expuestos. En casa, por ejemplo, desde una chapa hasta cámaras de seguridad, sin pasar por alto el alambre de púas, la malla electrificada, o cuando menos, los clásicos vidrios puntiagudos adheridos a la barda. Nuestros carros asegurados, con alarmas sensibles al más mínimo movimiento. Los sistemas de seguridad que existen en bancos, centros comerciales, plazas, en fin, una enorme cantidad de herramientas que se utilizan en favor de nuestra seguridad.

Sé que todo esto lo hemos ido implementando en nuestra vida por tanta inseguridad que se vive, porque cada vez son más los casos de violencia y corrupción que se hacen presente en la comunidad. Pero San Pedro no precisamente se refiere a todo esto. Lo que buscaba en realidad era, en un primer momento, anunciar la mesianidad de Jesucristo, vencedor de la muerte; y, en un segundo plano, invitarlos a salir de aquella dureza de corazón, a ser libres del ambiente que los rodeaba y que les impedía recibir las promesas divinas a ellos y a su descendencia. De ahí su invitación al arrepentimiento y a hacerse bautizar para recibir el perdón acompañado de la gracia del Espíritu Santo.

No debemos olvidar que existe un enemigo muy poderoso en medio de nosotros que puede llevarnos a vivir en la desgracia, el vacío y la soledad. Es muy astuto, entra sigilosamente en la vida del hombre y lo va llenando de un veneno mortal, el egoísmo. Este mal, le va apartando, poco a poco, de la comunidad, ciega toda capacidad de bondad en el individuo, le lleva a buscar placeres momentáneos que a largo plazo le harán sentirse vacío por completo y esto desencadenará una serie de amargura, necesidad y un nulo sentido de la vida. Necesario es entonces, para coronar la invitación del apóstol Pedro, para ponernos a salvo de este mundo corrompido, escuchar la voz del mismo maestro que nos dice: Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos.

Sí, mis hermanos, Jesús, el buen Pastor, se presenta como el sistema más avanzado y con los mejores resultados para encontrar nuestra seguridad. Es la puerta de salvación para la humanidad porque ha ofrecido la vida por sus ovejas. Quien entra por esa puerta, es decir, quien decide formar parte de ese rebaño, custodiado por Cristo, puede estar seguro de que ni la desgracia, ni el vacío y, mucho menos la soledad, síntomas de ese egoísmo del que hablábamos anteriormente, se harán presente en su vida, porque encontrará pastos. Esto quiere decir que no le faltará nada, tendrá todo lo necesario para una vida plena, no estaremos a merced de la incertidumbre ni la inseguridad, porque Él tiene en sus manos nuestro destino, y eso es sumamente consolador, porque su bondad y misericordia me acompañan todos los días de mi vida. Amén.

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