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PODRÁN DEJAR DE EXISTIR EL CIELO Y LA TIERRA, PERO MIS PALABRAS NO DEJARÁN DE CUMPLIRSE (Lc. 21, 29-33)

Nos encontramos culminando la última semana del año litúrgico y Jesús no deja de sorprendernos con sus mensajes que primeramente nos invitan a la conversión y al abandono total en aquel que nos ha creado. El día de hoy Jesucristo, Rey del universo nos hace una promesa que sin duda se ha quedado impresa en el corazón de nosotros su Iglesia.

Jesucristo no defrauda, no miente, es un Dios fiel y bondadoso, es cercano a los que lo aman y misericordioso con quienes lo traicionan, es la promesa hecha carne, es lo más grande y bello que existe. Es nuestra protección y fortaleza en todo momento.

No basta creer en Dios, hasta el demonio cree en Dios, es necesario “Creerle a Dios”, esforzarnos por seguir a Jesús, como cristianos católicos no podemos dejarnos arrastrar por el mundo, por la cultura de la muerte y del descarte. Como seguidores de Cristo Jesús estamos llamados a trabajar por la justicia, por el amor, porque quien ama a Dios no será capaz de hacer daño a otro ser humano, y si lo hace, tendrá la capacidad de reparar el daño confiado en la gracia que viene de lo alto.

La palabra de Dios es vida, penetra los corazones, purifica. Tiene poder en el cielo y en la tierra, es capaz de transformar, cambia la amargura por alegría, pero sobre todo, regala paz, esa paz que solo Dios puede dar. Se nos podrá caer el cielo sobre nosotros, pero nunca dudar de las promesas de Dios, así pasen tormentas, vientos huracanados, siempre abrazarnos de Jesús, de su cruz y decir; cómo Pedro en la tribulación, “Jesús sálvame que me ahogo”, porque en ese grito de desesperación, también hay un grito de confianza y esperanza, por eso Jesús tendiendo su mano le responde “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

Confianza y esperanza porque Jesús cumple, solo es necesario creerle a través de la fe.

No tengas miedo de mirarlo a Él, mirar al Señor. Mirar al Señor con ojos atentos y descubrirás en Él el rostro mismo de Dios. Jesús es la palabra que Dios tenía que decir al mundo, es Dios mismo que ha venido a compartir nuestra existencia.

San Juan Pablo II

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