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PLENITUD EN EL AMOR (Mt. 5, 17-19)

Seguramente es de nuestro conocimiento que para el pueblo judío, la ley dada por Dios a Moisés, era uno de los más grandes regalos que había recibido. Los rabinos enumeraban hasta 613 preceptos en la ley del Pentateuco, y los clasificaban en grandes y pequeños, de acuerdo con su importancia. La fiel observancia de todos ellos aseguraba la justicia y santidad de los escribas y fariseos.

Para Jesús no era suficiente esa fidelidad que se quedaba solo en la observancia de la letra. Cristo busca la fidelidad a Dios desde una perspectiva y experiencia diferente. Desde la experiencia de Dios, su Padre, que quiere para los hombres un mundo más justo y fraterno. Jesús busca la fidelidad a Dios desde la perspectiva del Reino, desde la sumisión amorosa a la voluntad de Dios.

¿Habrá una forma más clara y rotunda de entender, a través no sólo de las palabras de Jesús, sino también de su vida, que la plenitud de la ley, su cumplimiento, aún en los aspectos más pequeños radica en el amor?

Amor, una palabra que a veces se deteriora por el uso que se hace de ella, pero que su contenido está muy claro y explícito en los textos evangélicos, himno a la caridad.

Desde el corazón de Dios y desde nuestro propio corazón escuchamos y valoramos una ley que en Jesús adquiere una dimensión de respeto y escucha atenta contra el proyecto que Dios tiene para cada uno y para el mundo.

Jesús quiere de nosotros no meros «cumplidores», sino que adecuemos nuestra vida en el servicio hacia los demás, que nuestro corazón esté siempre abierto hacia el otro, no porque lo marca la ley, más bien porque nos regimos por el amor, tal como Él lo hizo a lo largo de su vida. No seguir los mandatos del Maestro porque hay que hacerlo, sino porque estamos convencidos de que debe ser nuestro estilo de vida y así cumpliremos con la ley, pero sin que nos suponga carga alguna, más bien porque nos sale del corazón.

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