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NUESTRA RECOMPENSA (Si. 36, 1. 4-5ª. 10-17)

Hemos terminado la Pascua con la fiesta de Pentecostés. Durante cincuenta días hemos celebrado la Resurrección del Señor como un único y solo día, en el que los portentos y maravillas del Señor se han manifestado. Hemos alabado y dado gracias al Padre por estas manifestaciones de su amor en favor de todas gentes. Ahora retomamos el tiempo ordinario, para fijar nuestra atención en las enseñanzas de Jesús vinculadas a su Misterio.

El libro del Eclesiástico, en el capítulo y versículos que hoy se proclaman, parece ser un anuncio de lo que ocurrido en Pentecostés. No del momento en que se escribe, sino de lo que hemos escuchado nosotros en estos días. Una súplica que eleva el autor sagrado y por su voz, todo Israel y nosotros con él. Renovar los prodigios y portentos que por la efusión del Espíritu se producen. Congrega y reúne a los dispersos en la comunión que por la Sangre de Cristo se produce. Llenó el templo de su gloria y el mismo Jesús, como peregrino no reconocido, explica todo lo que a Él se refería en las Escrituras.

Y es que Dios no defrauda al que confía plenamente en Él. Su fidelidad permanece siempre, aunque no encuentre respuesta entre los hombres. A esa fidelidad apela el texto del Eclesiástico: “Da una prueba de tus obras antiguas, cumple las profecías por el honor de tu nombre, recompensa a los que esperan en ti y saca veraces a tus profetas, escucha la súplica de tus siervos, por amor a tu pueblo, y reconozcan los confines del orbe que tú eres Dios eterno.” Eso se ha cumplido ya.

¿Qué recompensa esperamos los creyentes, los cristianos de todos los tiempos? San Agustín, que tuvo tiempo de elegir y disfrutar de varias “recompensas” mundanas y divinas, en sus Soliloquios con Dios le expresa su deseo más fuerte. Desecha cualquier bien de este mundo y se queda con un único bien: Dios. Esa es la recompensa deseada: gozar de Dios, de su presencia, de su amor… y todo lo que se desprende de esta unión amorosa con Dios. De una manera u otra, con unas palabras u otras, se puede afirmar que cualquier cristiano de cualquier tiempo, en nuestro intento de conseguir la anhelada recompensa y felicidad, ya hemos experimentado que no la conseguiremos, sino en ese encuentro amoroso con Dios. “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”.

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