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NO PIENSEN QUE YO LOS VOY A ACUSAR ANTE EL PADRE (Jn. 5, 31-47)

Jesucristo no vino para condenarnos, sino todo lo contrario, vino a liberarnos de la esclavitud, vino a devolvernos la dignidad que nos había quitado el pecado. Jesús no es un policía que se encuentra vigilante a nuestras faltas o errores para meternos presos.

Las acusaciones las hacemos nosotros mismos, atentos a nuestros prejuicios y con la particularidad de sentirnos perfectos, dignos de corregir a cualquier persona o situación.

Sin embargo, Jesús nos invita a poner nuestra mirada en Él, sin perder el rumbo de nuestra fe. Cuidar nuestras prácticas devocionales, muchas veces nuestra confianza está puesta en algún santo predilecto, olvidando la centralidad de nuestra fe. No está mal recurrir a la mediación de algún santo o santa que con su vida dio testimonio de Dios. El riesgo es dejar de ver a Dios, a Jesucristo su Hijo que intercede por nosotros y que nos conduce a la vida eterna.

Sólo en Jesús debe estar puesta nuestra fe. En la cotidianidad de la vida, nuestra esperanza la llegamos a poner en nosotros mismos, en quienes nos rodean, en nuestros recursos, en un sinfín de cosas que nos hacen perder el rumbo de nuestras vidas. Hace falta escuchar más a Dios, por medio de la oración, de su palabra que edifica, convierte y sana corazones perdidos en el bullicio de la vida.

Hoy es un buen día para discernir en quién tenemos puestas nuestras esperanzas, que Jesús, Rey del Universo, reine en nuestra vida y nos ayude a nunca perder el horizonte de lo que nos lleva a la eternidad, al amor verdadero que nunca morirá.

En Jesús puse toda mi esperanza, Él se inclinó hacia mí, y escuchó mi clamor…

 Aldo Blanco

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