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NO ESCUCHAN NI A JUAN NI AL HIJO DEL HOMBRE (Mt. 11, 16-19)

El día de hoy Jesús nos reprende, nos llama la atención como cualquier padre que por más que le habla a sus hijos, no le hacen caso. El evangelio de este día nos muestra a un Jesús objetivo, humanamente podríamos interpretar sus palabras como regaño, sin embargo, son un claro ejemplo que Dios conoce lo que hay en cada corazón, principalmente obstinación, egoísmo y carencia de fe.

Nuestra condición humana nos lleva a despreciar lo que realmente vale la pena, la misión de Jesús es mostrarnos el rostro del Padre, de salvar nuestras almas.  Toda su vida pública se la pasó predicando el Evangelio, dando a conocer el camino del amor.

La revelación tiene más de dos mil años en la humanidad y aún cometemos los mismos errores de antaño, aún nuestros oídos están cerrados a la palabra de Dios. Nuestros ojos no quieren ver y nuestros corazones cerrados no nos permiten tener un encuentro con la Palabra hecha carne, Jesucristo.

Cuánta frustración experimenta un padre, una madre, alguien que sinceramente te ama cuando intenta darte vida y esta es rechazada, cuando se prefiere el camino de la muerte. Cuánto dolor y sufrimiento vive un corazón que ama cuando el ser amado camina a la condenación con oídos sordos. Ser rechazado por amor duele, pero más dolor experimenta quien no sabe dar ni recibir amor.

Nos encontramos en Adviento, un tiempo propicio de preparación para el nacimiento del Hijo de Dios. No cerremos nuestros ojos a la gracia, a la confianza de estar sostenidos por el creador del amor, abrir el corazón a la escucha para que la semilla sea sembrada en tierra fértil y produzca frutos, vida en abundancia.

La palabra de Dios sana, transforma, acompaña y libera. Que en este tiempo de espera, de preparación, nuestros corazones sean liberados de tanta contaminación espiritual, de dolor, de desesperanza y muerte. Que la palabra hecha carne habite en cada corazón para que unido a la voluntad de Dios sea bendición para la humanidad.

La sabiduría de Dios se justifica a sí misma por sus obras.

  Jesucristo

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