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NADIE PODRÁ QUITARLES SU ALEGRÍA (Jn. 16, 20-23ª)

En el Evangelio de este día, Jesús nos ofrece una hermosa enseñanza respecto al sufrimiento utilizando la imagen de la mujer que en el momento del parto, siente fuertes dolores, pero cuando nace su hijo se olvida de todo lo pasado y la felicidad alegra y llena su vida. Los dolores de parto son únicos, así como también lo es su sentido, traen vida al mundo. Las lágrimas por el dolor sufrido se convierten en alegría por la nueva vida.

En más de alguna ocasión hemos llegado a pensar, tal vez, que Dios permite el sufrimiento, pero no es así. Él no lo quiere, quizá lo permite porque nos quiere libres y comprometidos, pero Él no lo ha inventado. Les comparto una de las más bellas expresiones sobre esto de un poeta francés, Paul Claude: “Dios no vino a suprimir el sufrimiento, ni siquiera a explicarlo, vino a colmarlo de su presencia”.

La tristeza de los discípulos tendrá un doble motivo de dolor: la partida de Jesús en su muerte y las tribulaciones que Él les ha predicho. Pero Jesús no nos deja solos, él vuelve y nos dice: “vuestra tristeza se convertirá en alegría” y los discípulos se llenarán de alegría. Esta alegría es producto también de una doble causa: la victoria de Cristo sobre la muerte y la presencia duradera del Señor por medio de su Espíritu. Es en ese encuentro con Jesús vivo y resucitado donde vivimos la experiencia de la alegría, en su presencia en cada uno de nosotros.

La alegría es una fuente de donde brota el agua viva que cae en nuestras tierras áridas para hacerlas fecundas y que den buenos frutos. No podemos desear que la alegría venga cuando nosotros queremos, requiere su esfuerzo, su entrega, su sufrimiento. Requiere morir para poder vivir. “Como el grano de trigo que muere para dar vida”.

Nosotros también podemos gozar de la presencia continua de Cristo, Él ha resucitado y permanece siempre con nosotros. Así es el amor de Jesús con nosotros, nunca nos deja solos, nunca nos deja huérfanos, en cada eucaristía nos lo vuelve a recordar y nos ofrece su presencia amorosa, regalándonos su cuerpo entregado y su sangre derramada. Sus palabras nos llegan: “nadie os quitará vuestra alegría”.

Dios y Padre nuestro, fiel a tus promesas, escucha el grito ardiente de nuestra plegaria; y, según la promesa de Cristo en su despedida, cambia nuestra tristeza en gozo indestructible. Te presentamos nuestro mundo que gime bajo el peso del escepticismo y desesperanza. Cuando el cansancio y el desánimo nos rodeen, danos tu fuerza, tu luz, tu verdad y tu alegría, para seguir firmes en la fe. Amén.

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