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MUJER, ¡QUÉ GRANDE ES TU FE! (Mt. 15, 21-28)

La única persona que parece entender la actitud de Jesús es precisamente la mujer cananea. Acepta, o simula aceptar, las palabras y razones del Maestro, pero, como buena mujer, no se rinde e insiste. Se postró y de rodillas le pidió: Señor, socórreme. Y no sólo no se desanima, sino, ante la nueva negativa de Jesús, ella tuvo el gesto y las palabras que cautivaron al Nazareno, que acabó diciendo: Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas.

Es una imagen desconcertante. Estamos sumamente acostumbrados a ver en acción la compasión de Cristo, que el solo hecho de ver la tardanza en Jesús para realizar el milagro, realmente nos impacta. ¿Recuerdan las palabras de Jesús ante las de otro pagano, el Centurión? “¡No he encontrado en todo Israel tanta fe!” (Lc 7,9). En ambas ocasiones, Jesús quiso darnos una lección de fe. De fe desnuda, de la que nace en el hombre especialmente en circunstancias adversas y difíciles. No nos dejemos escandalizar ni confundir, más bien, veamos qué es lo que podemos aprender sobre la fe.

Podemos resaltar tres grandes lecciones sobre la fe en este pasaje. Observemos que se trataba de una mujer que no era judía, no era hebrea, sino que era una mujer que pertenecía a una región muy conocida, sobre todo en el Antiguo Testamento, por la presencia de la brujería y la magia y el abundante culto a los baales; esto era lo que pululaba en las regiones de Tiro y de Sidón, la región del mundo fenicio. Era un mundo lleno de brujos y lo primero que quiere Nuestro Señor es no ser confundido con “otro brujo más”. Cabe suponer en esta mujer, sería lo más lógico, el haber buscado ayuda en otros lugares. Aquí entra el primer elemento sobre la fe: la mujer, al ser “rechazada” por Cristo en un primer momento, no se va a otro sitio, persevera eligiendo a Cristo. La fe supone entonces una elección perseverante de Jesucristo en mi vida, elemento esencial de la fe.

Segundo. La fe supone una actitud de humildad. La displicencia, con la que seguramente ella se sintió tratada, hubiera podido provocar en cualquiera de nosotros una reacción de recelo, resentimiento, o incluso, rencor. Eso no pasa en ella, es humilde, tan humilde que, después de sentir el rechazo, va a postrarse delante del Señor. La fe falsa muestra la arrogancia de lograr lo que yo quiero. Humildad, segundo elemento esencial para nuestra fe.

Por último, ella deja el resultado final en Cristo, es decir, confía. Confía profundamente en Jesús, esto es lo propio de la fe. Él sabrá qué es lo mejor, cómo y cuándo obrar, y en Él pongo toda mi esperanza.

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