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MI PALABRA NO PASARÁ (Lc. 21, 29-33)

El cielo y la tierra pasarán, pero mi palabra no pasará, son las palabras, dichas por Jesús, que más deben resonar en el corazón de todo cristiano. Más que hablar de una profecía sobre la destrucción del universo entero, pienso que se trata de una afirmación que da validez eterna al mensaje de Cristo. Su palabra, que es eterna, fundamenta y da sentido a la espera vigilante y activa, así como la esperanza confiada que elimina la duda y el miedo, la obsesión morbosa de pensar en el cuándo, el cómo, y el dónde.

No podemos ni debemos pasarnos la vida pensando en el fin del mundo, lo más seguro es que ni a nosotros nos toque estar presentes en este mundo cuando eso suceda. El fin del mundo para nosotros lo vivimos cuando tomamos conciencia de nuestra propia limitación y nuestra muerte. Pero, aunque la certeza de morir nos entristece, brilla un signo de vida y esperanza. Es la cruz gloriosa de Cristo, su muerte y resurrección, que es también la del hombre, abriendo paso a la nueva creación, al hombre nuevo, a los cielos nuevos y a la nueva tierra.

Es por eso que el mensaje apocalíptico de Jesús debe verse con un optimismo esperanzador. La venida de Cristo y la presencia del reinado de Dios son realidad siempre actual en los acontecimientos de la historia humana que Dios guía para la salvación del hombre. Cuando el hombre lo descubre entiende la actitud de vigilancia gozosa de la que nos habla el evangelio.

El futuro está ya presente en el hoy salvador de Dios para quien ya aprendió a leer sus indicadores. Pero en medio de la incredulidad que nos rodea ciertamente no es fácil percibir las señales de las continuas venidas del Señor, que tienen lugar con frecuencia por caminos insospechados e incluso desconcertantes.

Dios nos invita a guardar la siguiente certeza de vida: por encima de metáforas y expresiones difíciles, es seguro que al final de nuestra vida, a los que hemos acogido a Jesús, nos espera el reinado del amor. Y el mismo Jesús, si hemos caminado por su senda en esta tierra, por la senda del amor, del dar de comer al hambriento, beber al sediento… estará esperándonos para recibirnos y hacernos disfrutar de este reino “preparado para nosotros desde la creación del mundo”. Un reino donde el mal va a ser aniquilado para siempre.

“Señor, aliéntanos a vivir en un clima de optimismo esperanzado, pues Tú no quieres el temor y la angustia de tus hijos, el embotamiento y el descuido, la somnolencia y el vicio, sino que nos propones la fe activa y el amor vigilante. Asístenos siempre para que vivamos siempre libres de pecado y protegidos de todo peligro y tentación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador Jesucristo”. Amén.

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