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MENSAJEROS DE PAZ (Hch. 14, 19-28)

A lo largo de este tiempo pascual recordamos el nacimiento y crecimiento de la Iglesia. Curiosamente este crecimiento se da en medio de grandes y cruentas persecuciones. Hoy se nos ha recordado la de los judíos contra Pablo. Parece que la forma de crecer de la Iglesia va unida tras de sí a la oposición y la persecución.

En las pasadas semanas hemos visto a Pablo participando de esa persecución. Lo ha hecho con saña, muy convencido de que su fe en Yahvé le pide exterminar a los seguidores de Jesús. Hoy, dentro ya del grupo de seguidores de Jesús, comparte la persecución. No fue un momento llevadero. Lo dieron por muerto arrastrándolo fuera de la ciudad. “Lo derribaron, pero no fue abatido” y continuó predicando con valentía. Desde esa experiencia él constata que seguir a Jesús conlleva sufrimiento. La fidelidad, para su fortalecimiento y purificación, ha de afrontar los contratiempos de los que se oponen a Jesús.

Dos reflexiones podemos sacar de la lectura de este día. La primera: Dios nos espera siempre. Hoy, como entonces con Pablo, son muchas las personas que después de haber renegado de Dios, en una vuelta del camino, Dios sale a su encuentro. No se cansa de esperar cuando encuentra un corazón sincero.

Segunda: Vivimos tiempos donde la persecución es cruenta en muchas partes del mundo. Está muy silenciada, pero es real. También se da la persecución, de modo no cruento, pero también real en estas latitudes. Llega a través de la infravaloración, la autosuficiencia de quienes desprecian la fe agarrados a un pragmatismo individualista. Es bueno ser conscientes de este hecho y ver que, avanzar por el camino de Jesús, supone, de una u otra forma, toparse con quienes pretenden impedir esa marcha.

A base de amor, solidaridad y comprensión, nosotros debemos ser mensajeros de la paz de Dios para todos aquellos con quienes nos relacionamos. Vivir la Pascua significa experimentar la vida renovada de Jesús, contagiar ese espíritu nuevo que supera la banalidad del mal y de lo terreno, y lanzarnos a buscar un horizonte de hermandad y de paz que nos reúna y nos aliente en el Señor.

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