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LOS QUE SON FIELES PERMANECERÁN A SU LADO (Sab. 3, 1-9)

Ante la pérdida de un ser querido se nos encoge el alma, al mismo tiempo que se nos presenta la más cruda verdad: que no podemos atrapar la vida porque no nos pertenece. Somos un préstamo muy especial de Dios. Por eso un día u otro emprendemos el viaje de regreso a Dios para estar junto al que encendió la chispa de nuestra existencia para no apagarse jamás.

Somos de Dios. Somos hechuras de sus manos. Somos de su exclusiva propiedad. “Al morir, sólo nos quita lo que antes nos había prestado, con el solo fin de guardarlo en un lugar más inmune y seguro, y para enriquecernos con unos bienes que superan nuestros deseos” (S. Luis Gonzaga).

La desaparición física nos separa de nuestros seres queridos. Pero “esta separación no será muy larga; volveremos a encontrarnos en el cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias, gozando de una fidelidad sin fin” (S. Luis Gonzaga).

Aunque el silencio muerda y no haya sosiego alguno. Aunque el dolor queme y la pena embargue, no llegues a “menospreciar esta infinita bondad de Dios, que es lo que harías si lloraras como muerto al que vive en la presencia de Dios y que, con su intercesión, puede ayudarte en tus asuntos mucho más que cuando vivía en este mundo” (S. Luis Gonzaga).

El autor del libro de Sabiduría nos asegura: “Las almas de los justos están en manos de Dios y no los alcanzará ningún tormento”. La muerte es un misterio, pero confiamos en que Dios está con nosotros. Nuestra permanencia en la tierra es sólo temporal, pues nuestra casa definitiva es el Cielo. Algunos son llamados antes, otros después, pero la gran esperanza cristiana es que todos, un día, estaremos reunidos en la casa del Padre para gozar eternamente de la felicidad. Este pasaje en particular nos instruye en el hecho de que la muerte no es un castigo, sino precisamente lo contrario, pues a través de esta puerta que llamamos «muerte» es que tenemos acceso a la eternidad de Dios.

Aprendamos a ver la muerte no con temor, sino con esperanza. Para los que vivimos en el amor de Dios la muerte será quizás el momento más importante de nuestra existencia terrena; además de aprender, ayudemos a los demás a vivirlo en paz. Que nunca nos falte la disposición para acompañar a quienes no encuentran sanar el dolor por sus difuntos. Y que todos nos acerquemos confiados al Señor en la Cruz para que Él despierte y arraigue nuestra esperanza.

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