Bendecido inicio de semana. Encomendamos en las manos del Señor todos nuestros proyectos y trabajos, para mayor gloria de Él.
Este mes de noviembre se pinta de colores y tradiciones que suscitan nostalgia y gran esperanza por los fieles que ya duermen en el sueño de la paz. Recordemos que no se trata del “Día de Muertos” ni de una tradición pagana de orar por los muertos, sino de pedir su intercesión. Invocar a los muertos se llama necromancia, y eso es una superstición. Nosotros celebramos a todas aquellas personas que fueron fieles en las celebraciones y participaron activamente; hacemos memoria de cada una de ellas.
Pensemos en estos días, con profundidad, en el lugar del castigo y en el Reino. La antigua teología de la retribución judía nos enseña que quienes obraron el mal irán al castigo eterno y quienes practicaron el bien, de acuerdo con el decálogo, irán al Reino de los cielos. Aparece el juicio final, donde los cabritos son separados de las ovejas. Al observar esto, a veces hacemos una distorsión del Dios verdadero, pensando que Él separa los cabritos de las ovejas para enviarlos al castigo, siendo Él el autor del mal.
Debemos reconocer que el hombre, en su libertad y por su naturaleza herida, tiende a pecar; esto es propio de todos los seres humanos. Para ser parte de los cabritos sería necesario odiar a Dios y querer estar lejos de Él; es el mismo hombre quien cae en el castigo eterno.
Dios, en absoluto, quiere la condenación del hombre; sin embargo, es el ser humano quien escoge. Todos pecamos, es cierto; pero todos sabemos amar, y por medio del amor podemos llegar al Reino. Recordemos aquel pasaje en el que Jesús dice: «Lo que hiciste con el más pequeño, a mí me lo hiciste». La clave está en el amor al otro, sabiendo que es a Cristo mismo a quien recibes. Él quiere estar contigo, permíteselo.


