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LLAMADOS A SEGUIRLO (Lc. 5, 1-11)

En la vida individual de cada uno de nosotros, como en la escena evangélica de hoy, hay una llamada personal de Dios por nuestro propio nombre a la fe y al seguimiento de Cristo. Es una vocación gozosa; por eso hay que vivirla no como una triste carga, sino como una misión que ilumina el propio horizonte, nuestra vida familiar, nuestro mundo laboral y la realidad social en que nos movemos.

Este evangelio nos plantea serias interrogantes: ¿No tendremos dormida o muerta la fuerza original de nuestra vocación a la fe en Cristo? ¿No estaremos inmersos en un cristianismo de tradición y herencia familiar más que de una opción personal y consciente por los valores del Reino de Dios?

En los comienzos de la Iglesia el seguimiento de Cristo y el discipulado se vio como una expresión de la condición cristiana, que brota de la respuesta vocacional, es decir, de la conversión a la fe. La vocación cristiana a la fe y al bautismo es la vocación universal y básica a la santidad evangélica mediante el seguimiento de Jesús, que se va especificando en las diversas vocaciones, estados de vida, y carismas que el Espíritu reparte como quiere. A pesar de nuestros errores, el Señor nos renueva su amor y su llamada en todo momento. Siempre es buen tiempo para responder generosamente y de empezar cada mañana ese seguimiento.

El compromiso cristiano al servicio del Evangelio y del Reino de Dios brota de nuestra condición de bautizados en Cristo y confirmados en el Espíritu. A todos nos dice hoy Jesús: Rema mar adentro y echa las redes. El Señor Jesús nos invita, a adentrarnos en nuestra interioridad y allí la palabra del Maestro resonará con profunda sonoridad del oleaje que nos hará descansar y descubrir la verdad que Él me muestra, no la mía, de la cual me creo poseedor, sino la suya; allí aparecerá nuestra mezquindad, nuestra falta de confianza y abandono en su palabra, esa palabra que se va a cumplir en tu vida y la mía.

Aprendamos de Pedro, escuchemos la voz de Jesús que nos dice: “Id y proclamar la Palabra”. Antes de lanzarnos a hablar, acudamos a Él, y confiemos en su Palabra. Nos toca sembrar, el fruto lo dará Él a su debido tiempo.

Bendito seas, Señor, porque necesitas nuestras manos, nuestra voz, nuestra pobreza. ¡Gracias por la confianza! Por tu palabra, echaremos la red hasta que rebose de peces. Amén.

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