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LEVÁNTENSE Y NO TEMAN (Mt. 17, 1-9)

¡Qué hermoso, qué bien se está aquí!, exclamó Pedro en un nuevo alarde de su impulsividad, “si quieres haré tres chozas”, como queriendo instalarse, deseando que este momento sublime no se terminara nunca… Es parte de nuestra naturaleza humana, ¡qué pronto nos aferramos a lo bueno! Y, sin embargo, de pronto una nube luminosa los cubrió, y se llenaron de espanto, oyendo la voz del Padre… Fue Jesús mismo quien acercándose, los animó a levantarse, a ponerse en camino, bajar al valle y a no tener miedo de enfrentarse con la realidad, con la tarea encomendada.

El acontecimiento de la Transfiguración fue un anticipo de la gloria de la Resurrección, previo a los días tristes, amargos y oscuros que habían de vivir de la Pasión dolorosa, aunque ni Pedro ni Santiago ni Juan lo tuvieron en cuenta en esos momentos ni lograron vislumbrar todo su alcance “y les daba miedo preguntar” e incluso hablarlo entre ellos. Sólo después de la resurrección de Jesús y de la venida del Espíritu Santo entendieron algo del misterio sublime que habitaba en la persona de Jesús, que siendo Dios se rebajó, haciéndose hombre para redimirnos por medio de su muerte, como lo hablaba con Moisés y Elías. Era algo preestablecido por el Padre, era su designio y por eso, ante la docilidad y fidelidad de Jesús, el Padre se complace y lo da a entender… “Este es mi Hijo amado, mi Predilecto, el Escogido, en quien me complazco”.

Este testimonio es lo que Pedro, uno de los apóstoles privilegiados, trata de comunicar a sus lectores, para confirmar que la fe en Jesús y el anuncio de su Buena Nueva no es una invención, una retórica, sino consecuencia de una experiencia vital como la lámpara que, cargada de aceite, luce, brilla e ilumina a otros.

Solamente escuchando a Jesús, plenitud y culminación de lo que anunciaron y significaban Moisés (la Ley) y Elías (los Profetas), y poniendo en práctica su Mandamiento Nuevo, lograremos ser la luz que brilla en un lugar oscuro, la sal que da sabor y el vino nuevo de la vida nueva que nos trae Jesucristo.

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