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LEVÁNTATE… Y QUEDA LIMPIO DE TUS PECADOS (Hch. 22, 3-16)

Celebramos en la Iglesia la conversión de san Pablo, quien en su camino a Damasco se encontró con el Mesías, un encuentro que le cambió la vida.

Quiero partir de la realidad que atravesó Saulo de Tarso. Judío criado de la mejor manera, con uno de los mejores maestros, observante riguroso de la ley, fervoroso, de buena estima y prestigio en su comunidad. Saulo gozaba de lo mejor de su época. Mientras buscaba cristianos para apresarlos se encuentra con Cristo Resucitado y comienza su conversión.

Nosotros tenemos algo de Saulo, aún siendo ya cristianos. En el caminar de nuestra vida, el caminar a Damasco, vivimos tranquilos y con la frente en alto por nuestras múltiples comodidades y seguridades. Sin embargo, hay sucesos dolorosos, alegres, impactantes, de paz, satisfactorios, etc., que verdaderamente nos sacuden y nos confunden al grado de opacar nuestra vista. Es ahí donde Jesús nos sale al encuentro, aclara el panorama y nos demuestra que Él tiene un proyecto que ha pensado para cada uno de nosotros desde la eternidad.

San Pablo no dejó de creer en Dios, sino que se afianzó al que es la plena revelación del Padre; no dejó de observar la ley, sino que entendió que la ley tiene sentido en el amor; no dejó de recorrer los caminos en favor de Dios, sino que pasó de quitar la vida a darla.

Hoy Jesús, por el ejemplo de san Pablo, te enseña que siempre está dispuesto a salir a tu encuentro en el camino de tu vida, que en ocasiones habrá sacudidas, que te sacará de tus comodidades. Ante todo, Jesús nos recuerda que quiere valerse de ti y de mí para anunciar su mensaje en todo lugar, porque gracias a tu vida dispuesta podrá llegar a cada rincón de nuestra sociedad, familia, universidad, Iglesia.

Que por intercesión de san Pablo, nos convirtamos en celosos mensajeros de Cristo para llevar su palabra a todo lugar, adoptarla como brújula en la vida y defender a Dios incluso con nuestra vida.

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