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LEVÁNTATE Y PONTE AHÍ EN MEDIO (Lc 6, 6-11)

El cuestionamiento que Jesús hace a los fariseos, arrastra a un hombre de mano paralizada. En el ambiente más estéril Dios vuelve a actuar. Unos defendían la ley, otros la caridad; y en medio de la discusión se encontraba un hombre con la vida atrofiada.

¡Cuántas situaciones paralizan nuestra vida! Bastaría con observar cómo una situación de salud nos tiene resguardados en casa. Quizá nos hemos acostumbrado a las dificultades de nuestra vida, ya no hay esperanza, caímos en la monotonía, aprendimos a vivir con el cansancio y el dolor.

Por otro lado, a estas alturas ya era bien sabido que Jesús hablaba y actuaba con el poder de Dios, multitudes lo seguían porque había algo en Él. En cambio, ese hombre no había hecho nada. Si somos estrictos, el hombre de mano paralizada no dirigió una palabra, no hubo mirada alguna, ni siquiera tocó el manto de Jesús. Aquel hombre únicamente se puso de pie y caminó hacia el centro.

Mientras tanto, Jesús no le preguntó nada, no hubo confesión de fe, no le pidió panes ni algo de beber. Jesús solo le dijo “Levántate”. Es momento de salir de la multitud, dejar de ser indiferente, de permanecer ocultos bajo el miedo, cansancio, desesperanza y pecado.

No hay nada más valioso para Dios que un corazón abierto con docilidad para dejar que Cristo actúe. Ahora bien, a nosotros Cristo tampoco nos pide grandes esfuerzos ni sacrificios, solo pide que te levantes, que recuerdes tu dignidad de hijo de Dios. Abre las puertas de tu vida y corazón para gritar el deseo que tienes de que Dios te transforme y quite aquello que te paraliza en el camino de la santidad. Entonces podrás escuchar cómo Dios te pide que estires lo que tenías paralizado, tu fuerza quedará restablecida y tú caminarás de nuevo con Jesús.

Señor, “rocíame con el hisopo, quedaré limpio; lávame, quedaré más blanco que la nieve” (Sal. 50).

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