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LES CONVIENE QUE ME VAYA (Jn. 16, 5-11)

Uno de los momentos más difíciles en la vida del humano es la despedida, no de aquellas en las que se dice sencillamente «hasta luego», sino de las que comprenden en su totalidad el significado del «adiós». En esos momentos nos asaltan las lágrimas de los ojos y no sabemos qué decir. La tristeza nos invade y todo a nuestro alrededor se nubla, los sueños se apagan, entramos como en un receso en medio de nuestra vida.

Así era como se sentían los discípulos en las horas del adiós al Maestro. Para ellos parecía el adiós definitivo, de ahí la profunda tristeza que se percibía en ellos, mientras que para Jesús sólo era un hasta pronto. Él ha de volver al Padre porque su misión está cumplida, pero no los dejará solos ni desprotegidos frente a un mundo incrédulo y turbulento. El Espíritu lo hará presente entre los suyos para siempre. Esa nueva presencia se hará sentir sobre todo en los momentos de prueba y de persecución. Este «consuelo» será, por eso, el mejor antídoto contra todo género de desalientos, incertidumbres y temores.

¡Cuánto nos cuesta abrirnos al futuro, aunque sea incierto! Nos aferramos a lo seguro y no queremos que cambie como los apóstoles, que se entristecen cuando se dan cuenta de que, al no tener la presencia de Jesús, quien los protege, son vulnerables y temen la incertidumbre de lo que ha de venir y no llegan comprender que los designios de Dios van por otro camino.

Confiemos, pues, en que Dios siempre nos va a proteger, aunque el futuro lo veamos incierto. Él nos ha mandado al Espíritu Santo que siempre nos acompaña y nos ilumina para estar abiertos a los designios de Dios. Por eso no desesperemos en la tristeza de ver que Cristo no está entre nosotros. Él está, vendrá en el tiempo señalado y querrá encontrarnos en vela para entrar con Él en su Reino.

Te damos gracias, Padre, por el don de tu Espíritu, que es la presencia perenne de Jesús entre nosotros. El Espíritu atestigua a Jesús como Hijo tuyo, vencedor del pecado, del mal, y de la muerte. Gracias Señor, creemos en ti y con el gozo de tu Espíritu torrentes de agua viva brotan de nuestro corazón.

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