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LA VISITA (Lc. 21, 5-11)

El lenguaje apocalíptico del texto evangélico de hoy constituye un género literario, frecuentemente usado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En las descripciones apocalípticas es importante no dar valor literal a cada detalle y fenómeno cósmico. La tremenda imaginación, propia de este género, es lenguaje simbólico al servicio de una idea básica: el mundo no es eterno, tendrá fin junto con la humanidad, a la que Dios ofrece su salvación por mediación de Cristo. La finalidad didáctica y catequética es urgirnos a vigilar activamente.

Debemos recordar nuestra caducidad, más no por ello hundirnos en la desesperanza o la indiferencia, sino para vivir una conversión continua que llegue a trasformar nuestras estructuras sociales, laborales, y familiares.

“No entren en pánico”. Es el mensaje que Jesús dirige a sus discípulos como enseñanza ante el fin del mundo. No tener pánico significa permanecer en la confianza en Dios, él no nos dejará solos ni en la muerte ni tampoco al final de los tiempos, su promesa es para siempre, eterna. No tener pánico nos permite interpretar cada signo de los tiempos y cada gesto de Dios con la humanidad serenamente. Lo que significa que no todo es eterno en esta tierra.

Muchos oportunistas vendrán diciendo que son el Mesías, que son ellos los que han de interpretar el final, los encargados del fin del mundo, pero no son más que embaucadores y mentirosos. El tiempo final nadie lo sabe.

Mientras a nosotros nos toca cuidarnos los unos a los otros. Vivir con fe. Cuidar la creación. No pocas veces vemos cómo se relaciona una inundación en época de lluvias, la subida del mar por el deshielo del polo norte, y se hace mención de cuánto le queda a la tierra de vida. Y por muchos cálculos que se hagan, no deja de ser una especulación. Es necesario tomar actitudes ecológicas que cuiden de la tierra, pero no vivir con pánico.

La tierra durará lo que tenga que durar. Lo mismo que nuestra vida. Unos mueren antes de lo que se espera y otros viven una larga vida. A todos nos llegará el día del encuentro con Dios. Pero no por ello vamos a dejar de vivir. Cristo nos invita a la vida, nos invita al coraje de vivir con Dios. En este entretiempo de la Iglesia a la espera del Señor, el papel de la fe, alertada por la vigilancia, es descubrir a Dios que está viniendo constantemente al mundo de los humanos para salvarnos porque Él nos ama.

Ha de venir. Vendrá.
¿Cuándo?… No sé. Muy pronto.
Escucho ya su voz remota
y sus pisadas oigo.

Abre la puerta, alma; que no te tenga
que llamar. Y que esté dispuesto todo:
apagado el fogón, limpia la casa,
y el blanco cirio de la fe, en el fondo.

Ha de venir. Vendrá. Calladamente
me tomará en sus brazos. Así como
la madre al niño que volvió cansado
de correr bosques y saltar arroyos.

Yo le diré en voz baja: “Bienvenida”,
y sin miedo, ni asombro,
me entregaré al Misterio,
pensaré en Dios y cerraré los ojos.

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