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LA VERDAD LOS HARÁ LIBRES (Jn. 8, 31-42)

¿Cómo ser libres y fieles a Dios en el mundo actual, que muchas veces envilece y encadena a la persona masificándola cada vez más, coaccionando su libertad y presionando sobre su conciencia a base de una manipulación ideológica, política, económica, social, publicitaria, consumista, y moralmente muy permisiva? Solamente el que tiene criterios evangélicos y una fe madura puede mantener inviolada su dependencia personal, sabiendo y testimoniando con su vida y conducta que su único Padre y Señor es el Dios de Jesucristo.

La libertad no se destruye por la presión sino por el pecado. Nuestros mártires y santos de todos los tiempos han dado testimonio sobre la afirmación de Jesús en el evangelio de hoy: “Si se mantienen fieles a mi palabra, serán verdaderos discípulos míos, conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”.

Estas palabras dichas por Jesús, en este tiempo de Cuaresma, de camino hacia Jerusalén, tienen una fuerza especial. Él es el hombre verdadero, el que llega hasta el final en la entrega por amor, en fidelidad al proyecto del Padre. En nuestro camino de seguimiento hemos de tener un enorme deseo de encontrarnos con Él, de poner nuestros ojos en los suyos para encontrarnos con su mirada, para dejar que Él nos vaya enamorando. La palabra meditada, contemplada día a día, nos va permitiendo descubrir que ciertamente en Él está esa verdad que buscamos.

Más que intentar encontrar una definición teórica sobre la verdad, veamos los rasgos que encontramos en las personas que consideramos verdaderas: autenticidad de vida, coherencia, convicción, alegría en las dificultades, paz y libertad interior… Vivir en la verdad es en el fondo haber descubierto la sabiduría de la vida, que es lo fundamental, lo que nos centra. Y sí, ciertamente las personas verdaderas son libres porque en el fondo lo que nos quita libertad es el miedo: miedo a perder imagen, prestigio, salud, amigos, bienestar; miedo en definitiva a la muerte.

Todos tenemos la experiencia de sentirnos esclavos de nuestros propios sentimientos en el sufrimiento, de sentirnos superados por las dificultades, de haber perdido la paz cuando nos encontramos en momentos difíciles… En estos momentos, la palabra de Dios se vuelve como un torrente de agua para liberarnos de esta angustia, viene a sostenernos en la dificultad.

Para todo cristiano permanecer en Jesús debe convertirse en un objetivo imprescindible. Y no se permanece por puro voluntarismo. Precisa la coherencia de una vida que nace en Él y busca seguirle con autenticidad. Él ofrece su ayuda. Aceptémosla y asumamos los compromisos que de ella dimanan. No olvidemos que somos portadores de un mensaje de libertad. Solamente quien es libre puede ofrecer libertad.

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