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LA TERNURA DE DIOS (Jn. 1, 47-51)

El día de hoy, el evangelista San Juan, nos ofrece en su narración la mirada que Jesús fija en Natanael, un hombre que ha despreciado todo lo que viene de Nazaret; pero Jesús lo mira y lee en el interior de su corazón. Su mirada, lejos de estar llena de prejuicios, es una mirada de fe que va más allá de las apariencias.

Jesús nos llama a seguirlo por mediación de otras personas, pero nosotros, al igual que Natanael, nos creamos prejuicios de Jesús. Él, en lugar de reprendernos por nuestra actitud nos invita a seguirlo. Si nos dejamos acompañar seremos capaces de seguirlo y contemplaremos cosas mayores.

Sintámonos por un instante Natanael, mirados con amor por Jesús, abrazados por su misericordia tal y como somos, tal y como estamos. Deseemos que esa misericordia nos sane y nos capacite para ver lo invisible, para ver la bondad que esconde cada realidad. Para ver que junto a lo que me ofrece la vida, Dios me da una corriente de gracia y unos compañeros de camino: los ángeles, los santos del cielo, los que rezan por mí; que me ayudarán en cada circunstancia de la vida.

El papa san Gregorio Magno, referente a la imagen de los Arcángeles, no dice: “los Ángeles transmiten mensajes de menor importancia mientras que los Arcángeles anuncian cosas de gran trascendencia”. San Miguel, el poderoso príncipe nos anuncia que Dios desciende al pecado de los hombres; san Gabriel, el que anuncia a María como madre de la Iglesia, que Jesús es el Mesías y nos comunica que “nadie puede dar muerte a nuestra alegría”. San Rafael, el peregrino que nos acompaña en el camino y nos dice que la luz del mundo nos ilumina. Ellos son los siervos de la gloria del Señor que nos protegen en el cielo y en la tierra.

La mirada de Dios no es sólo agradable, es benéfica. No nos encuentra amables, nos hace amables. Nada es tan grato para nosotros como saber que siempre estamos bajo la mirada de Dios. Nos ilumina en el camino, nos enseña el verdadero valor de las cosas y nos hace ver si son obstáculos o medios. Y nos permite iluminar a los demás.

Concédenos Padre ser con nuestra vida un reflejo de tu ternura, de tu compasión frente a nuestros hermanos. Te pedimos que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo.

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