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LA REVELACIÓN ES PARA LA GENTE SENCILLA (Mt. 11, 25-27)

Es frecuente en la Biblia la predilección de Dios por la gente sencilla, por los humildes de corazón. Jesús tuvo la misma predilección. Y, por aquello de que las predilecciones suelen ser mutuas, los que más y mejor se acercan a Dios en la Biblia son los sencillos, los pobres, los que no cuentan. ¿Quiénes eran los incondicionales de Jesús? Los mismos: los pescadores, los pobres, los enfermos, los niños, los de corazón sencillo, al margen de las demás cualidades.

El camino para entender la persona y el mensaje de Cristo no es la ciencia y la sabiduría, ni siquiera el conocimiento de la ley y los profetas, como pretendían los profesionales de la ley judía, sino la revelación gratuita de Dios a los que Él ama.

El creyente accede por la fe a una sabiduría superior que es el conocimiento de Dios. Para la comprensión de las cosas de Dios, según Jesús, la gente sencilla tiene ventaja, incluso sobre los mismos teólogos, si éstos son tan sólo sabios autosuficientes poseídos de un verdadero orgullo doctrinal.

Es preciso decir que la fe se trata de una clase especial de sabiduría, pues no es ciencia, sino creencia por don de Dios; por lo mismo, su objeto no está al nivel de lo visible o demostrable, sino en el plano de la experiencia vivencial, de la comunión y de la opción personal. Esto no quiere decir que carezca de base objetiva, pues la fe se funda en la palabra y los hechos reales de la intervención de Dios, especialmente en una persona: Jesucristo.

No cree más el que es más sabio, o el que más teología y biblia conoce; ni tampoco está incapacitado para creer y entender a Dios el inculto o ignorante. Esto explica el que haya gente sencilla, de cortos alcances intelectuales, pero de una enorme fe, que comprenda vivencialmente a Dios e intuya su voluntad con mayor certeza que algunos estudiosos de lo divino.

Santa Teresa de Ávila reconocía no tener estudios de Teología por Salamanca y, sin embargo, alcanzó de Dios tal sabiduría espiritual que es doctora de la Iglesia. Naturalmente, si se unen fe y ciencia, sabiduría y humildad de espíritu, como fue el caso de Santo Tomás de Aquino, estaremos en la situación ideal y más ventajosa.

“Te doy gracias, Padre”, dice Jesús. Te damos gracias, Padre, debemos decir nosotros, porque te revelaste en tu Hijo y, por su medio, a nosotros. Sabemos poco, pero creemos mucho. No muchas cosas, sólo las que nos mostraste con tus palabras, con tu vida y, sobre todo, con tu persona. Pero, creemos. Prepara y abre nuestro corazón para entender tu palabra de vida, para captar los signos de tu ternura y de tu amor, para amar al prójimo y vivir contigo siempre. Amén.

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