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LA OFRENDA DE NUESTRA BUENAS OBRAS (Si. 35, 1-12)

La enseñanza principal de esta lectura es que en la vida de un cristiano la celebración del culto debe ir avalada por una vida fiel a la Ley de Dios. El libro del Eclesiástico es una inspirada meditación de lo que significan las ofrendas en la religión mosaica, más allá de lo establecido en la letra de la Ley. Para Dios lo que cuenta es la generosidad del corazón del creyente, su actitud pronta a responder al Amor de Dios con la entrega de la vida. Esto y no otra cosa es el culto y la Ley.

Y este amor requiere un compromiso firme por apartarse de la injusticia. No podemos presentar la ofrenda si nuestras manos y nuestro corazón están vacíos por la ausencia de compromiso frente al mal que nos rodea, y menos todavía, si éste nos ha alcanzado por comisión u omisión. Se nos exhorta a honrar a Dios con nuestras palabras y con nuestra vida. En lugar de las ofrendas, presentemos la obediencia; en lugar de los sacrificios, la caridad; en lugar de las expiaciones, la conversión. Es esta ofrenda del compromiso sincero la que honra el altar y la más exquisita liturgia del culto.

El autor sagrado nos está recordando que la verdadera liturgia grata a Dios no es la que se celebra solemnemente en la iglesia, sino la que se celebra en la calle, en las casas, en las escuelas, en los ambientes de trabajo todos los días de la semana, para apartarse del mal y combatir la injusticia.

Y ¡Qué importante es también la alegría! No pocas veces tenemos esa imagen del culto, de la misa de cada domingo, donde todo parece rutina en los ritos: las preguntas, las respuestas… y todo reflejado en los rostros ausentes de los “participantes”. Nos falta actitud, motivación… Nos falta creernos de verdad que Dios espera y está muy atento a cada ofrenda de amor y de vida que será asumida en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

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