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LA MISIÓN ES TAREA DE TODOS (Mt. 10, 1-7)

Este evangelio marca el inicio del discurso apostólico de Jesús, discurso que ofrece el mensaje esencial de la evangelización. Jesús les da instrucciones precisas a sus apóstoles: “id a las ovejas descarriadas de Israel”. A los que no cuentan para la sociedad, a los alejados de Dios, a los que se han desviado del camino de Dios y de la vida. Ellos son los destinatarios de la acción salvadora del reino de Dios, los invitados al banquete.

De ahí, que no es de extrañar, el ver a Jesús acompañado de publicanos, pecadores, adúlteras, prostitutas, lisiados, leprosos; todos son invitados a la acción salvífica de Dios. Jesús los sana de sus heridas, y les ofrece el perdón. Son sus invitados de preferencia.

El mandato que da a sus discípulos es proclamar la cercanía del reino de Dios. Dicha proclamación se centra en que Dios no está oculto de nuestras vidas y sufrimientos; Dios ha escuchado nuestro clamor, se ha hecho presente en la persona del Hijo, encarnándose en Jesús de Nazaret.

El Hijo nos invita a participar de la vida de Dios. Nos invita a habitar en su casa, a comer junto a Él, a orar con Él. Y nos muestra la ternura de Dios, quien es un Padre para los extraños. Con su ternura nos muestra el cuidado que tiene con los enfermos y abatidos; en Él podemos poner nuestra confianza.

El mensaje esencial que debe trasmitir hoy la Iglesia es la buena noticia de que Dios ama al hombre, lo invita a la fe, a compartir su amistad, a su adopción filial y a la fraternidad humana mediante el seguimiento de Cristo.

La misión salvadora y la tarea evangelizadora de Jesús han quedado en nuestras manos por delegación suya. “La evangelización constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios y perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa”, (Evangelii nuntiandi: Exhortación apostólica de Pablo VI sobre la evangelización del mundo contemporáneo).

Nosotros somos los mensajeros enviados por Jesús, continuadores de aquellos doce y de Pablo, que hoy nos tocan areópagos distintos al de Pablo en Atenas y culturas distintas a la greco-romana de entonces. Pero, queremos parecernos a ellos, siendo discípulos antes que voceros y transmisores de su encomienda. Queremos que se nos note que nos fiamos de Él, que vamos en su nombre y que no decimos otra cosa que su buena noticia, aunque tengamos que envolverla, al entregarla, en los medios humanos que poseemos. Pero, que nos sintamos, y que nos sientan, ligeros de equipaje. Intentemos imitar al santo Padre Francisco, libres, sin esclavitud alguna de nada ni de nadie, y sintiendo el gozo de ir por la vida confiados, como hijos de Dios y hermanos de todos los hombres.

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