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LA MISERIA Y LA MISERICORDIA SE ENCUENTRAN (Mt. 8, 1-4)

Esta perícopa del evangelista san Mateo nos permite ver la miseria humana perfectamente representada en el leproso, la misericordia divina expresada y realizada en nuestro Señor Jesucristo. Dado que somos parte de esa humanidad necesitada, es una gran oportunidad que la palabra de Dios nos brinda para aprender de éste leproso. Se “acercó, se postró, habló, y recibió”. Estos son los verbos que describen el camino del leproso.

“Se acercó”: Cristo predicaba en medio de multitudes, dejaba fascinada a mucha gente; una muchedumbre llena de necesidad que buscaba saciarse. Sin duda que nuestro mundo vive inmerso en un océano de necesidades, y por supuesto, que cada uno de nosotros siendo una gota de ese océano, guarda una parte de necesidad y miseria que nos debe llevar al encuentro con Jesús. ¿Hacia dónde se dirigen mis pasos, a mis diversiones solamente, únicamente hacia mis amigos, a mis lecturas, estudios, afán de dinero exclusivamente? No parece entonces que estemos buscando al Maestro sino más bien huyendo de Él comportándome de esa forma. Anímate a acercarte a Él, ve a su casa, déjate encontrar por Él en su palabra, ámalo en los más necesitados y desamparados.

“Se postró”: es la expresión de la conciencia que tiene de su inmundicia, de acuerdo a la forma en que se veía la lepra, pero, aun peor que la lepra física es la lepra del alma; esa lepra de espíritu que puede existir en cada uno de nosotros. Si él, el leproso, movido por su humildad y por el reconocimiento de su lepra física, se postraba, también nosotros, conscientes de nuestras lepras debemos aprender a postrarnos, a reconocer nuestra miseria, a decirle a Cristo: porque sólo eres Santo, sólo Señor, sólo altísimo Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Hagamos este santo ejercicio que redunda en bien nuestro, ya que mientras más nos “bajamos” más reconocemos quién es el único grande, más vencemos aquella soberbia que nos ha mantenido cautivos de los engaños del demonio.

“Habló”: es de reconocer que sus palabras concuerdan con sus gestos, con sus actitudes. Este leproso habló con humildad: “si quieres, puedes limpiarme”, deja todo en las manos de Cristo, que no impone su voluntad. Esa es la genuina humildad, la que no pone el lugar, ni el tiempo, ni la manera, ni el resultado, simplemente se deposita en las manos de Cristo.

“Recibió”: “Quiero, quedar limpio”. Cuando nos acercamos a Jesús nunca hemos de hacerlo con miedo, como ante un posible juez severo que nos va a echar en cara nuestros defectos. Hemos de acercarnos confiados en que, si se lo pedimos, Él quiere curar todas nuestras heridas, todas nuestras posibles lepras. Y en su permanente línea de amor, nos seguirá mostrando el camino para que vivamos nuestros días y nuestras noches con ilusión, con sentido y llenará nuestro corazón de esperanza al asegurarnos que después de nuestra muerte nos está esperando para invitarnos al banquete de su amor. Un día más, no dejemos de pedir a Jesús que permanezcamos siempre con él, en su amistad, que no se nos ocurra darle la espalda y adentrarnos por otros caminos. Su camino sabemos bien dónde desemboca.

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