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LA LIBERACIÓN DEL HOMBRE (Lc. 4, 31-37)

La lectura evangélica nos presenta a un hombre “endemoniado”: un hombre poseído por un espíritu impuro, opuesto a la pureza de la religión y a la santidad moral. Se trata de un hombre atormentado por las consecuencias nefastas de sus males físicos, que es la enfermedad, el hambre, la pobreza, la violencia y la muerte.

Los relatos donde se narra la sanación de posesos, tal como vemos en el endemoniado de la sinagoga de Cafarnaúm, suelen presentar un patrón que sigue estos pasos: El espíritu inmundo empieza por reconocer a Jesús como quien es. Éste le ordena silencio y después lo expulsa del poseso. Sigue un signo exterior y convulsivo de tal expulsión, y, finalmente, los asistentes manifiestan su asombro.

El significado más profundo de la curación de los “endemoniados”, por parte de Jesús, es la dimensión liberadora de la persona. Así el hecho alcanza en la fe un nivel superior, porque es signo de la presencia del reino de Dios y de su salvación mesiánica, que llega al hombre en la persona de Jesús de Nazaret.

La comunidad cristiana y cada uno de sus miembros ha recibido la tarea de continuar la misión liberadora de Cristo en el mundo actual. Es el compromiso evangélico con el hombre, nuestro hermano, especialmente con el más pobre y oprimido, ayudándole a encontrar en Dios el sentido de la vida y de la dignidad humana.

El anuncio del Reino, hoy, como en vida de Jesús, debemos acompañarlo con gestos de liberación del hombre actual, “poseído” por el mal, alienado por todo lo que es inhumano: la tiranía de la injusticia, de la desesperanza y la indiferencia, del tener y gastar, del acaparar y consumir, de la soberbia y del sexo, de la insolidaridad, del egoísmo y del desamor.

Estamos llamados, como institución católica, a dar esperanza en medio de la incertidumbre que vivimos. Nos corresponde hablar de Jesús, de su persona, de su divinidad, de sus milagros. También se espera de nosotros “curar” a los necesitados en sus múltiples formas. Nos invita la palabra de Dios, antes que cualquier proyecto humano, podamos liberarnos unos a otros de todos nuestros males, nuestras desesperanzas, tristezas, amarguras, esclavitudes, envidias, injusticias, en fin, de todos nuestros pecados.

Creer en Jesús es continuar su labor. Él habla hoy a través de sus seguidores. Cura por la acción de los que nos decimos sus fieles. Nada debe apartarnos de ese camino. Él nos acompaña y su gracia está con nosotros para apoyar nuestra debilidad. Confiemos en Él y transmitamos con entusiasmo nuestra fe, haciendo siempre el bien como expresión de nuestra creencia.

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