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LA LEY MARCHITA, LA CRUZ VIVIFICA (Lc. 11, 42-46)

Los escribas y fariseos condenados por Jesús, se creen sabios y justos; pero, rechazando la persona y palabra de Cristo que es el centro del reino de Dios, demuestran su necedad y ceguera a la luz. Por eso caminan perdidos entre nimiedades de la vida, descuidando lo más importante.

No es que Jesús niegue la observancia de la letra menuda de la ley, sino que la coloca en un lugar secundario. La primacía la tiene la justicia y el amor que derivan de Dios al hombre, y que éste ha de convertir en norma de conducta respecto de Dios mismo y de las relaciones humanas. Algo que no era nuevo del todo; estaba ya incluido en la antigua alianza de Dios con su pueblo. Pero los representantes oficiales del judaísmo lo habían olvidado. Jesús se lo está recordando al volver a las fuentes profundas de donde mana la vida religiosa y moral.

Al igual que los escribas y fariseos que fustiga Jesús, el cristiano encerrado en sus esquemas legalistas es esclavo de las normas, cánones y rúbricas; vive vuelto hacia sí mismo y obsesionado por su propia perfección y salvación, se muestra pasivo y conformista y ve peligros en todo y en todos. Es evidente que no vive en el clima filial de la libertad que Cristo ganó para los hijos de Dios. De ahí que no sea testimonio de la noticia liberadora del Evangelio ni presente la imagen cordial y atractiva de los hombres y mujeres, atentos a los problemas del hermano, comprensivos con la condición humana.

La respuesta moral del discípulo de Cristo no parte ni se fundamenta en la obligación de una ley impersonal y fría como un imperativo moral, sino del amor que Dios ha manifestado en su hijo Jesús, es decir, arranca del indicativo cristiano. Antes de pedir nada, Dios comienza ofreciendo su amor, su salvación, su Espíritu de filiación al hombre pecador, pobre y limitado. De ahí debe nacer la respuesta de éste a Dios en la libertad que, frente a la tiranía de la ley, nos ganó Cristo, y en la fidelidad y confianza de quienes pueden llamar padre a Dios gracias al Espíritu que mora en ellos y cuyas obras siguen.

A veces nos mostramos como los maestros de la ley, redoblamos las cargas y exigencias a los demás, pero no estamos dispuestos a mover un dedo por la dignidad de las personas. Es una vida que deja traducir la incoherencia con la que nos movemos en la vida. Requerimos de los demás una vida sana, santa, pero somos incapaces de abandonar nuestras comodidades, que muchas veces generan injusticias a nuestros hermanos.

Oremos, para que busquemos por encima de todo el amor de Dios, que no seamos impedimento discriminatorio para que nuestros hermanos puedan encontrarse con la salvación. Que nuestras actitudes permitan a nuestros hermanos encontrase con la dignidad y el derecho que nos procura el mismo amor de Dios. Que seamos un sendero auténtico que encamine a nuestros jóvenes hacia el encuentro sincero con Dios.

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