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La inevitable y urgente transición del bien individual al bien común: Parte I

Mtra. Lorena González González · Docente del Departamento de Ciencias Exactas e Ingenierías

 

La actual realidad no es la nueva normalidad, ya que el no poder actuar como humanos socialmente libres para convivir, trabajar, pasear, ejercitarte en los espacios como los parques y gimnasios, respirar libremente sin cubre bocas o ver a las personas físicamente, no lo podemos llamar normalidad. Sin embargo, nos ha hecho reflexionar en que la fuente más grande y permanente de riqueza está en las cosas más básicas de nuestra existencia, el COVID-19 ha venido a recordárnoslo.

Mientras las infraestructuras se deprecian y el mundo físico se detiene, las mentes y las ideas con valor son el semillero de una nueva realidad y de una economía poderosamente nueva, basada en el regreso a los orígenes de la convivencia humana.

Nassim Nicholas Taleb en su libro Antifrágil anota que la diferencia entre el ser humano y los restantes animales reside en su capacidad de colaborar, de emprender negocios, de dejar que las ideas se entrelacen. Él mismo menciona, puesto que no podemos prever las colaboraciones ni las podemos dirigir, no podemos ver hacia dónde va el mundo. Lo único que podemos hacer es crear un entorno que facilite esas colaboraciones y establecer las bases de la prosperidad, y no centralizar las innovaciones.

En todo el mundo, se manifiesta un profundo malestar frente al aumento de las brechas sociales, la falta de respeto a la justicia, al desempleo de los jóvenes, a los abusos de poder, a la destrucción de la naturaleza. Una nueva ola de movimientos sociales se ha desarrollado.

Una conciencia social colectiva crece: no se puede seguir así. El tipo de desarrollo económico que vivimos actualmente, con sus consecuencias políticas, culturales y psicológicas, es el origen de los desequilibrios. Al mismo tiempo, la necesidad de soluciones se impone de manera urgente. Es el momento de plantear nuevas orientaciones y no solamente adaptaciones, ahora más que nunca, y para bien, el virus inteligente, parafraseando al Padre Armando González Escoto, ha acelerado la transición del bien individual al bien común. 

El Bien común es lo compartido por todos los seres humanos, hombres y mujeres. Ya Aristóteles en su obra sobre La Política, estimaba que ninguna sociedad puede existir sin algo en común. Es un estado (bien estar, bien vivir) resultado del conjunto de los parámetros de la vida de los seres humanos, hombres y mujeres, en la tierra.

 

El modelo exclusivamente binario de mercado más estado es corrosivo para la sociedad, mientras que las formas económicas basadas en la solidaridad, que hallan su hogar natural en la sociedad civil sin estar restringidas a ella, elevan a la sociedad.

Caritas in veritate

 

El bien común no es la simple suma de los bienes individuales, como el producto interno bruto, sino, antes bien, todos los bienes que sólo existen en el acto de compartirlos: la confianza, la amistad, y todas las relaciones de cooperación que dan significado a nuestras acciones.

Una sociedad que refleja nuestra naturaleza social, relacional, también rechaza el culto del individualismo desenfrenado, y las restricciones arbitrarias de la libertad que acompañan al culto del nacionalismo.

En este contexto surgen las “Nuevas Economías” son propuestas emergentes que han nacido como respuesta a los grandes retos sociales y medioambientales, así como las oportunidades que plantean las nuevas tecnologías y la propia innovación social. Surgen bajo diversas denominaciones: Economía del bien común, B-Corporations, Economía circular, de la funcionalidad, feminista, positiva, procomún, colaborativa, social y solidaria; y diversidad de colores: economía azul, verde, naranja, plateada, marrón, etc.

En la siguiente entrega trataré este nuevo paradigma de las nuevas economías y cómo contribuyen en la transición del bien individual al bien común.

 

 

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