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LA FE ES EL SABER DE LOS SENCILLOS (Mt. 11, 25-27)

Comienzan a aparecer las dificultades concretas en la misión del Mesías y en la vida de sus apóstoles. Muchos empiezan a tomar posición ante la persona de Jesús. Algunos no dudan en considerarlo como “objeto de escándalo”, de caída; “esta generación”, en el sentido de descendencia humana, no tiene una actitud de acogida hacia el reino que viene; las ciudades situadas a lo largo del lago, aquellas que fueron testigos de las maravillas de Dios, no se convierten; se desencadena una verdadera controversia sobre el comportamiento de Jesús, es más, se empieza a pensar en cómo matarlo.

¿Cómo interpretar las obras de Cristo? ¿Cómo explicar estas acciones milagrosas? Estas preguntas tocan la cuestión crucial de la mesianidad de Jesús. Mientras tanto, las obras mesiánicas de Jesús ponen bajo juicio no sólo a “esta generación”, sino también a las ciudades del entorno del lago que no se han convertido al llegar el reino en la persona de Jesús.

Para vivir un proceso de conversión el itinerario más eficaz es hacerse “pequeños”. Jesús comunica esta estrategia de la “pequeñez” en una oración de reconocimiento que tiene un paralelo espléndido en el testimonio dado por el Padre con ocasión del bautismo. El ritmo de la oración de Jesús empieza con una confesión: “Yo te bendigo”, “te confieso”. Jesús se dirige a Dios con la expresión “Señor del cielo y de la tierra”, es decir, a Dios como creador y custodio del mundo. El motivo de la alabanza es la revelación de Dios: porque has ocultado…, porque has revelado. Este esconder, referido a los “sabios e inteligentes”, afecta a los escribas y fariseos, considerados como totalmente cerrados y hostiles a la llegada del Reino. Se revela a los pequeños, el término griego dice “niños”, a los que aún no hablan. Por tanto, Jesús considera oyentes privilegiados de la proclamación del reino de los cielos a los inexpertos de la ley, a los no instruidos.

¿Cuáles son “estas cosas” que se ocultan o revelan? El contenido de este revelar u ocultar es Jesús, el Hijo de Dios, el revelador del Padre. Es evidente para el lector que el revelarse de Dios va inseparablemente unido a la persona de Jesús, a su palabra, a sus acciones mesiánicas. Él es quien permite el revelarse de Dios y no la ley o lo hechos que presagiaban el tiempo final.

¿Sientes en la oración la necesidad de expresar al Padre todo tu agradecimiento por los dones derramados en tu vida? ¿Tienes ocasión de confesar y de exaltar públicamente al Señor por las obras maravillosas que realiza en el mundo, en la Iglesia, en tu vida?

En tu búsqueda de Dios, ¿pones tu confianza en tu saber e inteligencia, o te dejas guiar por la sabiduría de Dios? ¿Qué atención pones a tu relación con Jesús? ¿Escuchas su Palabra? ¿Tienes sus mismos sentimientos para descubrir su fisonomía como Hijo del Padre del cielo?

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