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LA FAMILIA DE DIOS (Mt 12, 46-50)

¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Aunque Jesús tenía una familia terrenal lo que quería decir es que existe una familia espiritual a la cual Él pertenece, pero, ¿quiénes son los que pertenecen a esa familia espiritual? El Señor lo responde: “¡Aquí están mi madre y mis hermanos! Porque quien haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Su familia espiritual son todos sus discípulos, es decir, todos aquellos que hacen la voluntad de su Padre celestial.

Hacer la voluntad del Padre implica vivir santa y piadosamente, teniendo fe en Jesús y amando a nuestros hermanos como verdaderos hijos de Dios: “Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque la semilla de Dios está en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no practica la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano” (1 Juan 3,9-10).

Como hijos de Dios tenemos la confianza de acercarnos a su presencia como un hijo lo hace con un padre amoroso y venimos a ser herederos de todas sus promesas: “Y no es que hayan recibido un espíritu de esclavos, para caer de nuevo en el miedo, sino que recibieron el espíritu de hijos adoptivos gracias al cual llamamos a Dios: ¡Abba, Padre! Ese mismo Espíritu junto con el nuestro, da testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que de verdad sufrimos junto él, para ser así también glorificados con él”. (Romanos 8,15-17).

Llevamos el título más grande que podemos tener en esta vida: el de ser hijos de Dios y nuestra misión de cada día debe comenzar buscando hacer la voluntad de Dios. Nuestros planes son pequeños, de corto alcance, finitos, mientras que los planes de Dios son grandes y fecundos, son eternos.

Entrar a formar parte de la nueva familia de Dios es una tarea de toda la vida. Aprender a ser hermanos unos de otros, hijos de un mismo Padre, siendo solidarios, sin pedir ni exigir nada, dando y compartiendo lo que nos es dado: lo que somos y hacemos, viendo cada acontecimiento con los ojos de la fe y no cerrándonos a los intereses particulares sino buscando el bien común. Sería bueno preguntarnos en este instante: Tal como llevo a la práctica la misión encomendada por Jesús, ¿Él me llamaría hermano?

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