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LA ESPERANZA QUE NOS DA EL SEÑOR (1 Cor. 15, 12-20)

San Pablo, después del encuentro especial con Jesús camino de Damasco y que le cambió la vida para mejor, abriéndoles los amplios y gozosos horizontes de sus promesas, habla de Jesús siempre con pasión; con amor apasionado. Y si es hablar de la resurrección de Jesús lo hace con más emoción. Jesús vivió su vida con nosotros y no se cansó de proclamar la buena noticia que nos había traído para alegrar nuestro corazón. Quiso que su obra siguiese adelante después de su partida terrena, por lo que se rodeó de un pequeño grupo de amigos.

No hace falta ser un gran teólogo para comprender que, si Cristo no hubiese resucitado después de su muerte injusta, su persona, su evangelio hubiera desaparecido pronto. Hoy no hablaríamos de Él. Pero su vida tuvo un colofón especial. Después de su muerte, el Padre le resucitó y pudimos creer en su promesa de que también nosotros vamos a resucitar después de nuestra muerte a una vida de total felicidad.

Hoy vemos a san Pablo enfrentarse con los que dicen que Jesús no ha resucitado y que tampoco nosotros vamos a resucitar. Eso es negar lo más íntimo de nuestra fe y nuestra confianza en Jesús. Por eso, vuelve a afirmar con fuerza que Jesús ha resucitado y que también nosotros vamos a resucitar. La vida que Jesús nos ha traído empieza en esta tierra, pero culmina en nuestra resurrección. “Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados… nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo”. “Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos… el primero de todos”.

Esta es la base de nuestra fe, el sólido fundamento del cristianismo: la muerte ha sido vencida por la resurrección de Cristo. Y todo lo que se salga de ahí, se sale de la fe predicada y transmitida por los apóstoles.

En nuestros días también se oyen a veces doctrinas extrañas, y no pocos cristianos se ven confundidos por ellas: reencarnaciones, espiritualismos y otras falacias. Por ello, debemos también nosotros fortalecernos y estar firmes en la fe y en la esperanza de la resurrección. Porque por el bautismo, ya hemos muerto con Cristo y hemos resucitado con Él. Aunque para el encuentro definitivo, cara a cara, aún nos falte recorrer un trecho del camino.

Jesús nos espera para acogernos: “Venid benditos de mi Padre a disfrutar del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. Nos hace vivir con sentido, con ilusión, con esperanza nuestro trayecto en esta tierra, sabiendo que vamos a desembocar en la resurrección a una vida “más clara y mejor” y para toda la eternidad.

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