SEDES
Colima Guadalajara Lagos de Moreno La Piedad León Puerto Vallarta Querétaro Tepic Uruapan Zamora Online
Bolsa de trabajo Bolsa de trabajo Portal de pago Online Biblioteca

English Assistance

LA CONVERSIÓN DE CADA DÍA (Mt. 12, 38-42)

A menudo, nos sorprende cómo, incluso en este mundo sofisticado en el que vivimos, la gente busca signos externos que aparentemente evitan la necesidad de decisiones personales. La vida puede parecer tan complicada que las verdaderas decisiones parecen imposibles, así es que, en vez de mirar internamente, buscamos señales externas. Sin embargo, en el evangelio de hoy, Jesús insiste en que Dios nos dio sólo una señal, que ha demostrado ser correcta al resucitar de entre los muertos. Jesús recuerda a sus oyentes sobre Jonás, cuya predicación guio a la gente de Nínive a cambiar sus vidas. Este es también un llamado básico de Jesús: crean en la buena noticia que les traigo y cambien sus vidas, abran su corazón.

Los fariseos reclaman un signo a Jesús. Pero Jesús no quiere satisfacer su curiosidad, se niega a darles un signo, excepto el de Jonás. ¡Cuántas veces nosotros también pedimos signos a Dios! Le decimos que no queremos ir a misa el domingo, que no nos interesa confesarnos, a no ser que nos lo pida de manera clara. Reclamamos una señal del cielo.

Cristo quiere purificar nuestra intención, nos pide hacer el salto de la fe, confiar en su palabra y entregarnos a su voluntad. Él, cuando estaba sufriendo en la Cruz, no vio ningún signo del Padre, no escuchó ninguna voz celeste que le decía “¡Ánimo! ¡Sólo te faltan unos minutos!”. Y, sin embargo, perseveró hasta el final. Por otro lado, los signos no nos van a servir si no queremos seguir a Cristo. Los fariseos habían visto muchos milagros y no se dejaron convencer. Es también el caso de los hermanos del rico epulón en la parábola del pobre Lázaro.

Cristo no quiere darnos signos, pero nos llama a ser signos de su amor en el mundo. El profeta Jonás fue un signo de conversión para los habitantes de Nínive. Se arrepintieron y cambiaron de vida al escuchar su predicación. Nuestra sociedad se parece a la de Nínive del Antiguo Testamento, poblada por pecadores y gente que no conoce a Dios. Cristo nos manda como sus embajadores en el mundo.

En los pasados meses, hemos vivido una situación inédita de confinamiento, alarma sanitaria que ha trastocado todos nuestros ritmos, incluso a nivel eclesial. Hemos intentado generar alternativas que cuidaran y mantuvieran los vínculos de hermandad, solidaridad y oración. La creatividad ha sido increíble y sus frutos muy positivos. Es un buen momento para reflexionar que nos quiere decir Dios con todo esto, para valorar lo que hemos echado de menos de nuestras celebraciones comunitarias. Es una oportunidad para revisar cómo hemos aprovechado este tiempo para incrementar la oración personal y familiar, para retomar el curso de nuestra realidad social familiar y eclesial con lucidez y esperanza, sin miedos ni justificaciones. En ocasiones también a nosotros nos cuesta entender los caminos de Dios, muchas veces la vida se presenta confusa, injusta, oscura, o nuestras miradas, no logran apreciar el paso de Dios en nuestra historia. Con sencillez pidamos al Señor que aumente nuestra fe, para poder contemplar los signos de su presencia en nuestra vida cotidiana.

Dejar un comentario.