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LA CLAVE ES EL AMOR (Mc. 12, 18b-34)

Amar a Dios y al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios; así concluyó el escriba que diálogo con Jesús en el evangelio de este día. Una afirmación que Jesús aprueba, “viendo que había respondido sensatamente”. El amor es mucho más importante que la misma práctica cultual, porque es lo que le da valor. Necesitamos sinceridad y valentía para examinarnos en el amor.

El evangelio de hoy nos trae la esencia del cristianismo que nos lleva a redescubrir al Dios de Jesús y lleva como consecuencia otro modo de estar en el mundo.

La primera conversión como cristiano es creer que Dios me quiere a mí personalmente, como los padres quieren a sus hijos. Este “convencimiento íntimo” es el centro de la fe. El amor a Dios no es ni puede ser un mandamiento (como una ley), es respuesta: me siento querido y quiero.

De aquí nace todo lo demás: hijos e hijas, hermanos y hermanas. El descubrimiento del Dios que me quiere, me descubre también quiénes son las demás personas. Por eso los dos mandamientos son “semejantes”; en el fondo, son lo mismo.

La ley no es el poder ni la sumisión, sino el amor. El mundo no se mueve por la sola grandeza de Dios, sino por su amor creador. La humanidad no se mueve por la venganza, ni aun por la mera justicia, sino por la fraternidad.

Jesús nos invita a vivir el amor filial olvidando el significado estricto de “consanguineidad”, extendiéndolo, para reconocernos así en Él, a los hijos de un mismo Dios. De esa “consanguineidad afectiva” se sigue de la fraternidad. Eso que hace que el otro, por muy mal que se haya portado, sigue siendo mi hermano, no lo quiero por sus cualidades, sino porque es mi hermano.

Esta esencia es la que nos hace Iglesia y la que traslada Jesús a nuestras relaciones. Para cumplir “el mandamiento primero”, el mandamiento del amor, insistentemente hemos de pedir a Jesús, que es nuestro Dios, que nos convenza de lo mucho que nos ama y apoyándonos en su amor podremos cumplir el mandamiento primero.

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