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LA BONDAD GRATUITA DE DIOS (Mt. 20, 1-16)

Cuántas veces le enmendamos la plana a Dios, cuántas veces, en nuestra pequeñez, pensamos que se ha equivocado con nosotros, que merecemos mucha mejor suerte que este o aquel. Y es que no entendemos sus acciones, las vemos con los ojos del mundo. Todos somos semejantes ante Él, da igual cómo y cuándo le hayamos conocido, cuándo nos hayamos unido a su pueblo. Él es Padre, y para un padre todos los hijos son iguales. Hermosa parábola en labios de Cristo.

Hay una frase que me parece clave: ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? La envidia ensucia el alma, la vuelve turbia, la embota. Siempre andamos comparándonos con los demás, valorando la suerte ajena, lamentándonos de la nuestra y no nos damos cuenta de que tenemos un tesoro entre las manos y no lo disfrutamos: ¡Somos hijos de Dios! ¡Todos por igual! Cristo vino a salvarnos a todos sin excepción, nos abrió las puertas de la gloria de par en par ¡a todos!

La parábola no viene a justificar una supuesta injusticia o una indiferencia religiosa, amparándose en la bondad divina. Lo que afirma Jesús es la gratuidad del amor de Dios al hombre frente a la religión mercantilista y la moral del mérito que patrocinaban los fariseos. Esa gratuidad de la salvación, del perdón y del reino no es conducta arbitraria de Dios, y menos todavía injusta, sino la de un padre amoroso que sale al encuentro de todo el que lo busca mediante una sincera conversión.

Desde la autosuficiencia farisaica que se cierra a la aceptación del hermano y desde la religión de contrato que ve la salvación de Dios como un “debe” a nuestras buenas obras, no podemos entender ni imitar la misericordia de Dios, que sobrepasa toda justicia humana.

Los obreros de la primera hora, es decir, los cristianos viejos y los fieles observantes, han de alegrarse de haber sido llamados pronto al trabajo de la viña, al servicio de Dios; e igualmente han de amar a los de la última hora, porque Dios es bueno y los ama con amor gratuito.

Al final este pasaje del Evangelio lo podemos resumir en una cosa: la afición que tenemos de juzgar según nuestro criterio, sin pensar en que ha podido llevar a alguien a actuar de una determinada manera. Y con nuestro Padre Dios nos equivocamos, sencillamente no podemos llegar a entender sus planes; pero podemos estar completamente seguros de que son los mejores para nosotros.

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