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LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO (Hch. 8, 1-8)

Después del martirio de Esteban, se desató en Jerusalén una violenta persecución contra los cristianos, todos salieron huyendo, menos los apóstoles. La persecución, paradójicamente, parece estar encabezada por Saulo, que se ensañaba con los miembros de la Iglesia de Jerusalén.

Esta situación, tan violenta y cruel, en vez de ser motivo para la desaparición de los creyentes, y con ello el evangelio de Cristo, sirvió para irlo difundiendo por allá donde se dispersaban. Felipe, uno de los doce, bajó a la ciudad de Samaría donde predicaba Cristo, la gente escuchaba con gusto la predicación, porque habían oído hablar de los signos que hacía y, ahora, los veían: curaba enfermos, expulsaba espíritus inmundos, etc.

¡Cuántas veces en la vida vemos una reacción totalmente contraria a la que se pretendía!

En este caso, una persecución que buscaba eliminar el crecimiento de la doctrina de Jesús en Jerusalén y sus aledaños, sirve para que comience a difundirse por donde pasaban aquellos que huían del acoso desatado contra ellos. Es precisamente como fruto de esta dispersión que el Evangelio de Cristo va a difundirse, extenderse a otros lugares. Y es que Dios se vale de toda situación, aunque aparentemente nos resulte negativa, para hacerse hueco en medio de la historia. Sólo se nos pide un poco de esa fe que ellos tuvieron y que nos han transmitido. A través de ella, la fuerza imparable del Evangelio va tocando los corazones de aquellos que reciben el mensaje. Una fe que opera a través de palabras y signos de vida, la gente la sabe reconocer en el “olor” de Cristo llenándose de alegría. Sí, porque como dice el papa Francisco en el primer párrafo de su exhortación apostólica Evangelii Gaudium: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.

¡Y cuánta necesidad tiene nuestra gente, tenemos nosotros mismos de encontrar la fuente de la alegría!

Que Cristo en esta Pascua renueve en nosotros el ardor misionero que nace de aquella experiencia que un día, y para siempre, cambió el sentido de nuestra vida y que nos llevó a proclamar a otros, en tantos contextos y de tantas formas diversas, “¡Hemos visto al Señor!”

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