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JUSTICIA, MISERICORDIA Y SINCERIDAD (Mt. 23, 23-26)

¿Qué sentirías si Jesús pusiera tu nombre a estas palabras que acabamos de escuchar en el evangelio, sería algo duro no? pues a pesar de que son expresiones muy fuertes y directas, en parte pienso que también nos lo dice a nosotros. En el Evangelio, Jesús se dirige a los letrados y fariseos, que vivían una especie de doble vida, que cumplían la ley a rajatabla, pero descuidaban otros factores que el mismo Jesús los expresa como más importantes.

Por eso digo que no pensemos que estas palabras no son para nosotros; es una buena oportunidad para considerar cómo ha sido nuestro actuar en estos últimos días, semanas o meses. Pregúntate cómo ha sido tu cristianismo, tal vez, has limpiado la copa solo por fuera -como dice Jesús-, pero realmente solo te estás engañando, porque lo que hay dentro de nosotros, es lo que realmente somos. No es tarde para considerar tus acciones, reflexionar nos ayuda a salir adelante, para corregirnos y sustraernos del pozo en el que nos pudiéramos encontrar. Reconocer nuestros errores nos ayuda a no volver a cometerlos.

Frente a este Evangelio que pareciera nada esperanzador, podemos rescatar que verdaderamente Jesús quiere ponernos en alerta, quiere advertirnos que seamos conscientes de nuestros hechos, de nuestros actos. En medio de la oscuridad, brilla ese rayo de esperanza, ese impulso del Espíritu Santo que nos hace recapacitar de nuestro poco o tal vez mucho esfuerzo, pero que siempre es bueno mejorar. No seamos como esos fariseos o aquellos letrados que creen saber todo y por eso pierden el interés a lo que verdaderamente tiene valor. Muchos santos, que tú y yo conocemos, nos han demostrado que el mejor camino es el de los pequeños acontecimientos, que la vida se disfruta más cuando vivimos el momento y cuando lo hacemos con los demás y por los demás, los que nos rodean, conocidos o desconocidos. Allí está Jesús presente, y eso es lo que espera de nosotros.

Seamos inquietos en nuestra vida interior, busquemos aquello que no nos deja esforzarnos y pidámosle a Dios que lo arranque de nuestras vidas. No nos quedemos con las manos cruzadas haciendo solo lo que nos toca hacer, sino que nos animemos a limpiar la copa por dentro y por fuera, para lucir lo que verdaderamente el amor que Dios nos tiene.

Hoy te damos gracias, Padre nuestro, por la paciencia que tienes con nosotros, tus hijos. Queremos aparentar ante los demás que somos buenos, pero descuidamos lo más esencial de tu ley: la rectitud y la limpieza intachable del corazón, la atención a los más débiles y humildes, la sinceridad y el amor a ti y a nuestro prójimo. Haznos honestos y luminosos por dentro y por fuera, para que unamos la confesión de nuestros labios con el testimonio eficaz del amor a ti y a nuestros hermanos. Amén.

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