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JUSTICIA DIVINA (Lc. 19, 1-10)

En el evangelio de hoy, Jesús aprovecha el gesto inicial de Zaqueo, mezcla de curiosidad, búsqueda e insatisfacción de sí mismo, para consolidar espléndidamente una conversión que él mismo suscitó con su mirada amiga. Así procede Dios, con paciencia y siempre dispuesto a perdonar, donde manifiesta precisamente la omnipotencia de Dios que es amigo de la vida y del hombre.

Tal debe ser nuestra actitud y forma de proceder con el hermano que se desvía y peca. En medio del puritanismo que suscitó la murmuración contra Jesús porque fue a hospedarse a casa de un pecador, Él nos advierte que la comunidad cristiana es también comunidad de pecadores que celebra la misericordia de Dios, y no la élite cerrada de santos y piadosos que viven satisfechos de sí mismos.

Como en el caso de Zaqueo, lo que agrada a Dios es la conversión a la justicia de su reino, justicia en el sentido bíblico, incluyendo dos vertientes: la religiosa y la social. O lo que es lo mismo: conversión a la fidelidad con Dios y con los hombres. Precede primero la gracia divina que nos justifica y nos libera con el don del Espíritu que nos hace hijos del Padre. Esta liberación de Dios, fruto de su justicia que es misericordia y amor, es lo que nos capacita para ser nosotros mismos liberadores de nuestros hermanos. Porque la trasformación interior del hombre, que Dios opera en nosotros ha de proyectarse al exterior en una acción fraternal y liberadora sobre la comunidad humana en que el cristiano vive. Ese es el fruto de la nueva justicia del reino. Pues Jesús no realizó la salvación de un hombre como si ésta fuera sólo para el más allá o al nivel del espíritu solamente. Tanto al principio de su ministerio apostólico, cuando se atribuye el texto del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret, como después en su respuesta a los enviados de Juan el Bautista, Cristo expuso y mostró su plan de liberación integral del hombre, especialmente de los pobres, los preferidos de Dios.

De ahí se concluye que la fe, la esperanza y la religión cristiana no son mera utopía o anestesia paralizante, ni opio y droga que adormecen ante las dificultades de la realidad humana. El discípulo de Cristo no detesta al mundo y al hombre, sino la satisfacción egoísta por el momento y situación presentes. Porque el cristiano verdadero sabe que ha de tener el corazón libre de pecado para la marcha si ha de ser hoy mensajero, centinela y signo de esperanza al servicio del Evangelio de la salvación del hombre por parte de Dios.

Dios de la misericordia, te bendecimos porque en la conversión de Zaqueo diste pruebas de creer en el hombre a pesar de todo. Nosotros encasillamos fácilmente a los hermanos, pero Tú brindas siempre una segunda oportunidad. En este día Tú nos invitas a cada uno de nosotros a dar los frutos de la nueva justicia del reino. Haz que tu ternura obre en nuestros corazones para mantener la esperanza y el deseo del banquete eterno. Amén.

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