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«Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”»

La oración, a lo largo de la historia de la salvación, ha sido un espacio donde el hombre se encuentra con el Misterio. En ella se revela no solo la necesidad de trascendencia, sino también el ejercicio de la dinámica divina que desciende para encontrarse con la creatura. En el corazón de esta relación fundamental, la oración de Jesús ocupa un lugar importante: se conjugan la espera del Reino, la confianza filial y la comunión reconciliadora con el prójimo.

La plegaria que Jesús enseña a sus discípulos no es solo un ejercicio devocional, sino una súplica escatológica, una apertura al Reino que viene y que, al mismo tiempo, se hace presente en el mundo, transformándolo radicalmente. La oración recobra su sentido más puro cuando, al aproximarse a la respuesta del hombre consciente de su fragilidad, este se abandona a la acción salvadora de Dios.

Jesús hace presente el Reino; no se trata de una fuerza cósmica que envuelve al ser humano sin su consentimiento, sino de un don de amor que brota del corazón del Padre. Esta revelación nos muestra que toda oración deja de ser un intento humano por controlar el futuro y, en ese momento, se convierte en un acto de confianza filial. No nos dirigimos a una idea, sino a una persona que conoce, ama y acoge con gran ternura.

La expresión «venga a nosotros tu Reino» no es un acontecimiento, sino la apertura del corazón del creyente que se sumerge en la gracia de amor que se dona. La oración de Jesús es una pedagogía: enseña al orante a recibir y, al mismo tiempo, a ofrecer. Hay un elemento que está íntimamente ligado al Reino: el perdón. No solo es un acto moral, sino una revelación teológica, porque el Reino de Dios se hace visible donde el amor de Dios se traduce en reconciliación. Por tanto, el perdón es el lenguaje del Reino.

Debemos comprender que, donde el perdón divino no suscita el perdón humano, la oración es estéril. Jesús no nos enseña a huir del mundo, sino a transformarlo desde dentro. Así, cada oración debe ser lugar de conversión: quien ora verdaderamente se

abre a la gracia del Padre y se compromete a mostrar los frutos en sus relaciones humanas. En consecuencia, allí donde los hombres perdonan y se reconcilian, el Reino se hace presente.

En conclusión, la oración no es solo palabra, sino vida; quien ora entra en la dinámica del Reino y se convierte en portador de la gracia. El Reino de Dios no solo se puede proclamar desde los labios si no se encarna en el corazón. El Reino no se impone: se entrega. Y solo quien aprende a perdonar puede decir de verdad: «Venga a nosotros tu Reino» (Lc 11, 2).

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