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JERUSALÉN, JERUSALÉN, QUE MATAS Y APEDREAS A LOS PROFETAS QUE DIOS TE ENVÍA (LC 13, 31-35)

Jesús siempre se ha caracterizado por hablar con autoridad, y en la actualidad no es la excepción. En esta ocasión Jesús nos invita a reflexionar sobre nuestro actuar en la sociedad, en realidad ¿A cuántos profetas seguimos matando y apedreando? Aquellos que luchan por la paz, por los derechos humanos, inclusive seguimos matando desde nuestra omisión en las cosas que nos competen a todos y todas.

Sin embargo, Jesús afrontó el mal con valentía y confianza de saberse hijo de Dios, no temió ante las amenazas de Herodes, al contrario, respondió con la certeza de seguir su misión, aunque le costara la propia vida. Siempre fue fiel a la voluntad del Padre de quien proceden todas las cosas. Actúo con firmeza ante la adversidad, ante las penumbras de aquella sociedad.

¡Jerusalén, Jerusalén! Somos todos y todas cuando hacemos oídos sordos ante la palabra de Dios, ante su actuar, ignorando lo sagrado, ignorando su existir, creyendo que el mundo es más que Dios mismo.

Jesús nos invita a no tener miedo en la adversidad, en la lucha contra el mal, nos invita al abandono total a la voluntad del Padre, un abandono que sólo es posible mediante la oración que todo lo transforma y anima a unirnos al plan salvífico de Dios.

¡Basta! De seguir crucificando a Cristo, porque en cada homicidio actual seguimos matando a Jesús, es tiempo de gritar que: ¡El Crucificado ha resucitado!

“Que Jesús nos prepare para que algún día podamos alcanzar el cielo por toda la eternidad.”

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