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JAMÁS ME OLVIDO DE TI (DIOS) (Is. 49, 8-15)

Lecturas como ésta nos permiten dejar a un lado toda pretensión de comentar o de explicar lo que en ellas se nos comunica. Hoy, desde la primera a la última línea del texto de Isaías, es suficiente con leerlo, releerlo, escucharlo en el fondo del corazón; dejarse llevar por esa declaración de amor expresada de maneras tan variadas y tan incondicionales.

El profeta Isaías vivió en un periodo histórico muy complicado para Israel. La vida y predicación de Isaías se sitúa en un momento donde todo el reino de Judá se encuentra sometido a un imperio, el asirio, que ha destruido todo. No sólo ha destruido casi todas las ciudades de Israel, sino que ha destruido sus instituciones, su forma de gobierno, su vida cotidiana; la vida ha cambiado totalmente para Israel. Nada sigue siendo igual.

Por eso, tuvieron que comenzar a aprender a vivir bajo el sometimiento del Imperio asirio y la fidelidad a la propia realidad e idiosincrasia como pueblo de Yahvé. Pero, a pesar de sentirse la propiedad personal de Dios, los problemas y el decaimiento generaban preguntas y dudas, más que certezas en los israelitas: ¿Cómo reconstruir, si todo está destruido y no somos libres? ¿Cómo confiar en Yahvé si nos ha abandonado, dejándonos en manos de los asirios? Fácilmente va apareciendo la desesperanza, la decepción, el desánimo. Isaías acompaña y tiene que actuar en este ambiente. Tiene que enfrentarse a las dudas y objeciones del pueblo.

En medio de esta situación catastrófica y sin esperanza alguna, Dios escucha a sus hijos que se sienten abandonados y olvidados por su creador y se le conmueve sus entrañas maternales. Dios pone en boca de su profeta palabras de consuelo y misericordia, y de una liberación definitiva. Nos entrega una nueva revelación: “¿Puede una mujer olvidarse del hijo de sus entrañas?, pues bien, aunque eso llegase a ocurrir; yo, dice Dios, jamás te olvidaré”.

Esa maravillosa noticia es para los cautivos, los que están en tinieblas, los desamparados… es decir, para los necesitados, que ahora ya saben que Dios está de su parte. En rigor tendríamos que decir que esos somos todos, pero a veces existe cierta suficiencia en nosotros que nos priva de poder experimentar lo que significa ser liberado, sanado, amado por Dios. Hoy es un buen día para hacernos conscientes de nuestra realidad honda y saltar de gozo porque, aunque una madre se olvide del hijo de sus entrañas, “yo no te olvido”. Que esta lectura nos haga reflexionar sobre el amor que Dios nos tiene y cómo nos cuida, y pensemos cómo podemos llevar un poco de ese amor a los demás.

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